sábado, 18 de abril de 2015

Michael Shermer y los marcianos

El 8 de Agosto de 1983, mientras andaba en bicicleta por la Nebraska rural, Michael Shermer fue abducido por extraterrestres. Aterrizó una gran nave que obligó a Shermer a salirse de la carretera y descendieron unos marcianos que se lo llevaron durante 90 minutos, tras lo cual a Shermer no le quedó ningún recuerdo de lo sucedido en ese tiempo. Esto mismo le ocurrió a millones de norteamericanos que creían haber tenido algún tipo de encuentro con platillos volantes, aliens o marcianos. A muchos les ocurrió mientras hacían largos trayectos en coche, aburridos kilómetros y kilómetros, y normalmente de noche. En la mayoría de ellos el suceso ocurrió cuando estaban en un estado de duermevela, justo en esa fase entre la vigilia y el sueño. A menudo se sintieron paralizados e incapaces de moverse.

Todas estas personas se alarmaron muchísimo, algo misterioso había ocurrido y no sabían qué era. Podemos vivir sin saber por qué nos levantamos de mal humor por la mañana pero no podemos vivir sin saber por qué me despierto y hay un duende en mi cama. La explicación científica de estas experiencias es la parálisis del sueño. Se trata de la irrupción de una fase de sueño REM en un estado de vigilia. Durante la fase REM se bloquean los movimientos corporales (para que si estamos soñando con cazar tigres no nos vayamos por ahí tras ellos dormidos) y si te despiertas durante esta fase, tu cuerpo sigue paralizado y no te puedes mover. Como el cerebro puede estar generando todavía imágenes oníricas pues durante unos segundos puedes estar soñando pero con los ojos abiertos y despierto. Por eso, las figuras que la gente ve tienen esa cualidad onírica. La parálisis del sueño es muy frecuente, hasta el 30% de la población la ha sufrido alguna vez y un 5% tienen alucinaciones también. Situaciones como el jet lag, los trabajos a turnos o la fatiga favorecen que aparezca.

Esto es lo que le había ocurrido a Michale Shermer. Shermer estaba participando en una carrera ciclista, la Transcontinental y llevaba pedaleando 83 horas y 1.529 millas. Se estaba quedando dormido dando curvas por la carretera y su coche de apoyo le dio las luces y le quería apartar a un lado para que descansara. En ese momento tenía en su cabeza un recuerdo de una serie de TV de los años 60, Los Invasores, y confundió a los miembros de su equipo con marcianos. Como todos sabéis, Michael Shermer es un escéptico, fundador de la revista Skeptic y de la Skeptics Society, columnista y autor de libros en defensa de la ciencia y combatiente de lo paranormal. La reacción de Shermer fue: “¡Madre mía, vaya sueño flipante que he tenido despierto, el cerebro es fascinante!

Pero otros muchos norteamericanos no tuvieron esa misma reacción. Susan Clancy entrevistó a muchos de ellos y todos siguieron la misma trayectoria: una vez que empezaron a sospechar que habían sido abducidos por marcianos ya no hubo vuelta atrás. Una vez que la semilla de la creencia quedó implantada, los abducidos empezaron a buscar evidencia que confirmara sus creencias. La causa de todo es la atemorizante experiencia (si miráis la entrada de Wikipedia de la parálisis del sueño veréis que en ella ocurre con frecuencia una sensación de presencia y amenaza e incluso alucinaciones táctiles -la sensación de ser tocado-, es decir que la experiencia es muy vívida, muy intensa y muy real). Testimonio típico: “Una vez me desperté en medio de la noche y no me podía mover, estaba aterrorizado y pensé que había un intruso en la casa. Quise gritar y no pude. Todo duró apenas un instante pero fue suficiente para asustarme y no poder volverme a dormir”. Lógicamente la persona busca una explicación. 

¿Pero por qué elegir precisamente a los marcianos como explicación? ¿Por qué no pensar que igual tenía algo de fiebre, o estaba estresado, o deprimido, o que tal vez necesitaba ir al psicólogo o cualquier otra cosa? La respuesta se debe en parte a la cultura norteamericana y en parte a las necesidades del sujeto que vive la experiencia. Por un lado, las historias de abducción por extraterrestres estaban en todas partes en aquellos años: libros, películas, series de TV…y esa histeria de masas pudo favorecer el contagio (el mismo Shermer reconoció su historia como relacionada con la serie los Invasores). Por otro lado, la explicación tiene que estar a la altura del acontecimiento. La explicación de la abducción por extraterrestres contiene la intensidad emocional y el dramatismo adecuado para explicar unos sueños tan aterradores. Otras explicaciones más “científicas” se quedan cortas…

El caso es que Michael Shermer se deslizó por una vertiente de la pirámide (ver la entrada sobre la pirámide de la elección) mientras que millones de norteamericanos bajaron por el otro lado y al llegar a la base de la pirámide ambos estaban en polos puestos a la hora de explicar su experiencia. Este mismo problema lo tenemos los psiquiatras con los enfermos psicóticos: que sus experiencias son tan intensas y tan reales que nuestra explicación de que lo que les ocurre es una enfermedad y tiene su explicación en el cerebro no les vale. Y así están las cosas, unos a un lado de la pirámide y otros al otro.

@pitiklinov

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sábado, 11 de abril de 2015

La metáfora de la Pirámide de la Elección

Del libro Mistakes were made (but not by me) ya hablamos en la entrada sobre el efecto Benjamin Franklin. Como decíamos, el libro gira alrededor del fenómeno de la Disonancia Cognitiva y del gran poder de la auto-justificación. Creo que es un libro muy recomendable para psicólogos y psiquiatras, médicos, policías y jueces, sociólogos e incluso para cualquiera que esté interesado en la psicología de los errores y en su prevención. En esta entrada voy a explicar una metáfora que los autores, Carol Tavris y Elliot Aronson utilizan continuamente a lo largo del libro y que puede ser aplicada a muchas cosas en la vida, es la Pirámide de la elección.

Imaginad dos jóvenes que son idénticos en términos de actitudes, capacidades y salud psicológica. Son razonablemente honestos y tienen la misma actitud media hacia el tema de engañar: piensan que no es una cosa buena pero que hay cosas mucho peores en el mundo. Ahora resulta que ambos tienen que pasar un examen importante (entrar en la Universidad o conseguir un título) y tienen la posibilidad de copiar leyendo las respuestas de otro estudiante. Los dos luchan contra la tentación. Tras un largo momento de angustia uno copia y el otro resiste. Sus decisiones son diferentes por el canto de un duro, es decir que podría muy bien haber sido al revés. El caso es que los dos ganan algo importante, pero con un coste: uno pierde su integridad a cambio de un buen título y el otro pierde un buen título a cambio de preservar su integridad.

La cuestión ahora es: ¿Cómo consideran el hecho de engañar o hacer trampa una semana después? (decíamos que al principio eran muy parecidos en eso). Pues ahora resulta que cada estudiante ha tendido tiempo para justificar la acción que tomó. El que hizo trampa decidirá que engañar no es un crimen, se dirá a sí mismo: “hey, todo el mundo engaña, tampoco es para tanto. Y necesitaba hacer eso para mi carrera futura”. Pero el que resistió la tentación decidirá que hacer trampa es más inmoral de lo que creía al principio: “realmente la gente que hace trampa son una vergüenza y deberían ser expulsados de la escuela, tenemos que darles un escarmiento”. 

Cuando los estudiantes han tenido tiempo de llegar a un alto nivel de auto-justificación han ocurrido dos cosas. Una, que ahora están el uno muy lejos del otro; y dos, que han internalizado sus creencias y están convencidos de que siempre han pensado así. Es como si hubieran comenzado ambos en la punta de la pirámide, separados sólo por un milímetro, pero para el momento en que han acabado de justificar sus acciones, se han ido deslizando hacia la base y ahora se encuentran en esquinas opuestas de la pirámide. El que no hizo trampa considera al otro inmoral y el que hizo trampa cree que el otro es un puritano sin remedio. Este proceso ilustra cómo la gente que ha sido tentada y ha luchado contra la tentación y casi cede (pero al final resiste) llega a despreciar a los que no tuvieron éxito en ese mismo esfuerzo. Es la gente que casi decide vivir en casas de cristal la que tira la primera piedra, los que estuvieron a punto de cometer el “pecado” los que menos lo disculpan.

La metáfora de la pirámide se aplica a las decisiones más importantes que implican elecciones morales u opciones en la vida. Podemos sustituir lo de engañar en un examen por cualquier otra cosa: decidir empezar una aventura extramatrimonial (o no), probar una droga (o no), tomar esteroides para mejorar el rendimiento atlético (o no), seguir en un matrimonio tormentoso (o no), tener hijos (o no), mentir para mantener el trabajo (o no), seguir con una carrera exigente (o quedarse en casa con los hijos). Cuando la persona en el vértice de la pirámide tiene dudas, cuando hay beneficios y costes para ambas elecciones, entonces sentirá la urgencia de justificar la elección realizada. Para el momento en que la persona llega a la base de la pirámide, la ambivalencia se ha transformado en certeza y, en ese momento, esa persona está ya a kilómetros de distancia de la que tomó la otra ruta.

Este proceso borra la distinción entre “buenos” y “malos”. A menudo, en la cima de la pirámide nos enfrentamos a decisiones que no son blanco-y-negro hazlo/no lo hagas, sino con una elección gris cuyas consecuencias no son claras o no conocemos del todo. Los primeros pasos  por el camino son moralmente ambiguos y la decisión correcta no está siempre clara. Entonces realizamos una primera y aparentemente inconsecuente decisión y entonces la justificamos para reducir la ambigüedad. Esto inicia un proceso de atrapamiento -acción, justificación, nueva acción- que aumenta nuestra intensidad y nuestro compromiso, y acaba llevándonos muy lejos de nuestros principios e intenciones originales.

¿Cómo se comete el mal o se cae en la corrupción? Pues paso a paso. El famoso experimento de Milgram ha sido descrito como un estudio sobre la obediencia, pero también es un estudio sobre el poder de la auto-justificación. Si nos viene un científico con una bata y nos dice que le demos una corriente dolorosa de 500 volt a una persona para estudiar el poder del castigo en el aprendizaje lo más probable es que digamos que no. Pero si nos lo plantea gradualmente, que le demos una leve corriente de 10 volt a cambio de 20 dólares para estudiar el poder del castigo en el aprendizaje, pues igual aceptamos y empezamos el descenso de la pirámide. Como has dado 10 y no ha pasado nada no ves problema para dar 20 y así sucesivamente. Para cuando los choques son graves es difícil encontrar una razón para dejarlo si lo has hecho antes. Es más fácil no quedar atrapado si cuestionas todo el procedimiento al principio.

Otro ejemplo. Eres un policía y estás persiguiendo a sujetos que trafican con cocaína en un local determinado. Tras meses de investigación y esfuerzo sigues a un tipo hasta el baño y cuando llegas el hombre le ha dado a la cadena y la droga ha desparecido. Allí estás tú con la adrenalina a tope y el “bastardo” ese se va a ir de rositas. Todo el trabajo, todo el riesgo, todo el peligro…¿para nada? ¿Por qué no coger un poco de cocaína del bolsillo y ponerla por el suelo y decir que el tipo tiró de la cadena pero que no pudo hacer desaparecer toda la droga? Sabes que es ilegal pero es justificable. La primera vez que lo haces te dices “el tipo es culpable”. Pero esta experiencia hará más posible que lo repitas. De hecho, estás fuertemente motivado para repetirlo porque si no, sería admitir que estabas equivocado cuando lo hiciste la primera vez. Dentro de poco estarás rompiendo la ley en situaciones más ambiguas, descendiendo por la pirámide, y acabarás mandando a un inocente a la cárcel.

El experimento de Milgram demuestra cómo gente normal puede acabar haciendo cosas inmorales y crueles a través de una reacción en cadena de conducta y subsiguiente auto-justificación. Jeb Stuart Magruder, implicado en el caso Watergate, era una persona decente cuando entró en la Casa Blanca. Cuando se le sentenció reconoció ante el juez John Sirica: “sé lo que he hecho y su señoría sabe lo que he hecho. En algún lugar entre mi ambición y mis ideales perdí mi brújula moral”. ¿Y cómo puede un hombre honrado perder su brújula moral? Haz que de un pasito cada vez, y la auto-justificación hará del resto.

@pitiklinov

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jueves, 2 de abril de 2015

Prevención del Suicidio. La realidad clínica

La acción del copiloto Andreas Lubitz en el siniestro de Germanwings ha conmocionado a la sociedad en su conjunto. Se está diciendo de todo, entre otras cosas que hay que aumentar las medidas de control por parte de psicólogos y psiquiatras. Lo que yo voy a decir en esta entrada es probablemente algo impopular y políticamente no muy correcto: no tenemos conocimientos científicos suficientes para predecir y evitar el suicidio u otros trastornos de conducta de nuestros pacientes. Voy a intentar explicar algunas cuestiones que tienen que ver con la prevención del suicidio en general desde la realidad clínica.

Si uno busca prevención de suicidio en Google nos salen muchos planes y guías de prevención del suicidio, como esta para familiares de pacientes con enfermedad mental o esta web de la propia OMS. Yo entiendo que cuando se toca un tema tan grave, tanto políticos como gestores y profesionales quieran transmitir una visión lo más positiva posible. También es verdad que había antes con respecto al suicidio una serie de mitos falsos como que hablar del suicidio lo desencadenaba. La intención muy loable de estas guías era combatir esos errores previos pero el resultado es que el péndulo se ha ido al otro lado y hemos creado unos nuevos mitos falsos que sustituyen a los antiguos y se repiten como mantras. De alguno de esos nuevos mitos falsos quería hablar. Repito lo que dicen las guías y luego cuál es la realidad:

No se pueden prevenir todos los suicidios, pero sí la mayoría. Tanto a nivel comunitario como nacional, se pueden tomar varias medidas para reducir el riesgo, entre ellas las siguientes:
reducir el acceso a los medios para suicidarse (pesticidas, medicamentos, armas de fuego, etc.);
tratar a las personas con trastornos mentales, y en particular a quienes padecen depresión, alcoholismo o esquizofrenia;
seguimiento de los pacientes que han cometido intentos de suicidio;
fomentar un tratamiento responsable del tema en los medios de comunicación;
formar a los profesionales de la atención primaria de salud.

Salvo la primera frase acerca de que se pueden prevenir la mayoría de los suicidios este párrafo es esencialmente correcto. Podemos tomar medidas de prevención primaria y secundaria en la población que los estudios dicen que son eficaces, como disminuir el número de armas, poner barreras en los puentes, mejorar el conocimiento de las enfermedades mentales entre los médicos de atención primaria para realizar un diagnóstico precoz, evitar que ciertos medicamentos se den sin receta, etc. Efectivamente, con esas medidas estamos previniendo en el sentido de evitar que se llegue al suicidio. En base a lo anterior podemos decir que el suicidio se puede prevenir. Pero si nos centramos en la realidad clínica en la que un psicólogo/psiquiatra se encuentra ya delante de un paciente con una enfermedad que puede llevar a ideas de suicidio, habría que añadir que el suicidio en la realidad clínica, en muchos casos, no es predecible ni previsible. En el lenguaje coloquial prevenir es evitar que ocurra algo y, en ese sentido, en la relación con el paciente, el suicidio no se puede prevenir siempre, ni siquiera la mayoría de las veces.

Esa primera frase que dice que la mayoría de los suicidios se puede prevenir  no es cierta por razones que voy a comentar a continuación y porque muchos suicidios son impulsivos como vimos en el post anterior y dejan muy poco margen (minutos u horas) de tiempo para la intervención. Los modelos de prevención actuales se basan en la conceptualización del suicidio como un continuo y ya vimos en el post anterior que ese modelo no da cuenta de la mitad o más de los suicidios.

Veamos otro mito de los modernos con respecto al suicidio. La web de la OMS dice: A un nivel más personal, es importante saber que sólo un escaso número de suicidios se producen sin aviso. La mayoría de los suicidas dan avisos evidentes de sus intenciones. La otra web que he tomado como ejemplo dice más o menos lo mismo: 

Mito 3: La persona que se quiere suicidar no lo dice.

Evidencia: De cada diez personas que se suicidan, nueve expresan claramente sus propósitos y la otra dejó entrever sus intenciones de acabar con su vida. Es importante saber que sólo un escaso número de suicidios se producen sin aviso. La mayoría de los suicidas dan avisos evidentes de sus intenciones.

Esto es claramente erróneo. No hay garantía de que un individuo va a compartir su plan suicida con  otra persona antes de realizarlo (Smith y cols, 2008). Por ejemplo, un estudio en sujetos encarcelados encuentra que el 40% de los presos que se suicidaron a lo largo de un periodo de 10 años no comunicaron sus intenciones suicidas a nadie (Daniel y Fleming, 2006). Isometsa y cols.,1995, en un estudio de sujetos que habían fallecido dentro de las cuatro semanas de interactuar con un profesional de la salud, encuentran que la mayoría, (más del 75%) no habían comentado sus intenciones. En el estudio de Simon y cols, 2001, que citaba en la entrada anterior sobre suicidio impulsivo, sólo un tercio de los pacientes avisó de sus intenciones suicidas. Lo curioso es que el porcentaje es igual en los suicidios impulsivos y en los planificados, solo un tercio de ellos lo comunican. En cualquier caso, la realidad parece ser que no es cierto que sólo un escaso número de suicidios se producen sin aviso, podemos discutir la cifra pero es muy sustancial desde luego el número de suicidios que no avisan.

Y esto nos lleva a un punto que puede resultar desconocido para muchos ciudadanos: que los psicólogos y psiquiatras sabemos lo que los pacientes nos cuentan, que no tenemos máquinas ni aparatos ni otras técnicas para leer la mente de los pacientes. Como dice acertadamente la Dra. López Arribas en la noticia de el País que he citado al principio: “Pero hay que tener en cuenta que hay que fiarse de su palabra, de lo que te diga y de la información previa sobre sus condiciones de salud que quiera aportar. Y no olvidemos que muchos de estos trastornos no son fáciles de identificar”. Es decir, los pacientes pueden ocultar la verdad y pueden mentir a los psicólogos y psiquiatras. Pueden abandonar la medicación y no contarlo y pueden tener síntomas y no comunicarlos.

Pero hay otro problema aún mayor: no sólo se trata de identificar, sino de valorar el riesgo de lo que he identificado, algo tremendamente difícil porque las realidades clínicas son ambiguas y no aparecen ante nosotros con un cartel que diga: riesgo seguro: SI o riesgo seguro: NO, la realidad no es blanco o negro sino gris. Imaginaos que nos encontramos con el suicido consumado de una paciente que aglutina una serie de factores de riesgo: tiene una personalidad borderline (es un tipo de personalidad que se caracteriza por inestabilidad e impulsividad), consume a veces alcohol y otros tóxicos, se ha realizado cortes o ha realizado sobreingestas medicamentosas u otros intentos autolíticos previos,etc. Podríamos pensar que era fácil haber previsto ese suicidio porque tenía muchos factores de riesgo. Pues no, que los pacientes que se suicidan tengan factores de riesgo no quiere decir que los pacientes que tienen factores de riesgo se suicidan, porque la mayoría de los que tienen factores de riesgo no lo hacen. 

Esta paradoja se explica porque el suicido es un hecho muy raro (10 cada 100.000, es decir, 0,010%). Por ejemplo, en el caso de la paciente borderline sólo el 10% de los borderlines acaban suicidándose a lo largo de la vida (Baron-Cohen, 2011). Entre borderlines ingresados el 70 % ha realizado un intento de suicidio previo  y, de media, los borderlines intentan el suicido 3 veces en su vida (Soloff y cols, 1994; Zisook y cols, 1994; Isomesta y cols, 1996). A esto hay que añadir las fluctuaciones en su estado anímico, es decir, que pueden estar bien al mañana, tener un disgusto con el novio a la tarde y amenazar con tirarse por la ventana a continuación. En este tipo de pacientes la predicción es especialmente difícil. El mejor predictor que tenemos los psiquiatras/psicólogos del intento de suicido son los intentos de suicido previos pero es que, incluso con este predictor tan claro, más del 90% de las personas que han sobrevivido a un intento de suicidio (incluidos los graves como intentos por armas de fuego) no se suicidarán (Miller y Hemenway, 2008). 

Y la Dra. López Arribas pone sobre la mesa otro debate clásico, el de la dimensión libertad-seguridad: es muy difícil conseguir las dos cosas. No hay que perder de vista que el paciente necesita saber que el profesional de la salud está para ayudarle, para defender sus intereses. Si convertimos a los psicólogos/psiquiatras en agentes de control social que limitan, castigan y van en contra de los intereses de los pacientes lo que podemos conseguir es que los pacientes confíen cada vez menos en ellos y compartan menos sus ideas y sentimientos, con lo que estaremos empeorando la situación. Por otro lado, no sé si querríamos realmente vivir en un mundo en el que un psiquiatra o psicólogo pudiera saber lo que hay en la mente de un paciente, sus intenciones, deseos y lo que va a hacer o dejar de hacer al día siguiente. Una consulta llena de detectores de voz y de mentiras como este software de origen israelí que ya se está utilizando no creo que fuera muy atractiva para los pacientes. Todo ello permitiría probablemente, además de conocer, un grado de manipulación y control cercano al de Gran Hermano y otros escenarios de ciencia-ficción.

También quería decir algo que creo que es muy importante, aunque seguramente polémico: cada persona es la que tiene que decidir si su vida merece la pena ser vivida o no. No todo suicidio es necesariamente patológico o producto de una psicopatología. Hay muchos tipo de suicidios según las diferentes patologías y pacientes. Por ejemplo, en la esquizofrenia hay un tipo de suicidio que ocurre cuando el paciente se encuentra mal, “psicótico”, es decir, cuando sufre una distorsión de la realidad. Puede ser que tenga alucinaciones que le dan órdenes o que le insultan, o ideas de que le persiguen, etc. Como defensa, o como escape de esa situación, el paciente puede contemplar el suicidio y, evidentemente, es algo que debemos tratar de evitar que ocurra con todos los medios a nuestro alcance. Pero hay otro tipo de suicido en estos pacientes que ocurre cuando están bien, cuando son conscientes de sus limitaciones, de que no van a poder trabajar, formar una familia, llevar una vida normal…Hablo sólo de algunos casos pero, desgraciadamente, hay pacientes que no evolucionan bien, que no responden a los tratamientos ni a ingresos repetidos y que deben soportar un sufrimiento enorme. En estos casos considero que, lo mismo que en enfermedades físicas se acepta en algunos casos (y países) el suicidio asistido, algunos pacientes psiquiátricos tienen tanto derecho como ellos a decidir si quieren vivir su vida y que tenemos que respetar lo que decidan.¿Quién está en condiciones de decir dónde radica el punto de corte entre el suicidio que debemos prevenir y el que debemos (nos guste o no) tolerar? Es hipócrita que la sociedad, por una parte, hable del derecho a la muerte digna o ponga en los altares a Ramón Sampedro y por otra parte exija a los profesionales que no se suicide un solo paciente.

En definitiva, los modelos de prevención actuales necesitan revisión. Hay casos para los que sí son válidos en líneas generales (posiblemente depresión crónica/larga duración), pero no para la mayoría de sujetos suicidas (además de que el modelo actual centrado en la idea de un continuo hace una subestimación del riesgo). Hay que ampliar el modelo al suicido impulsivo y en ese terreno nuestros conocimientos  tienen muchas carencias por lo que hay que reconocer nuestra propia ignorancia y no actuar como que lo sabemos todo. No es que el emperador esté desnudo pero sí en paños menores.  Las autoridades tratan muchas veces a la población como si fuéramos niños a los que no se nos pueden contar las cosas como son y, a la vez, a todos nos gusta tener la ilusión de que controlamos, de que el mundo es previsible. Queremos creer, por ejemplo, que si comemos sano y hacemos ejercicio  no sufriremos un infarto y no nos aparecerá un cáncer, queremos seguridades. Pero el mundo no es justo y los psiquiatras y psicólogos dialogamos a diario con lo irracional, lo imprevisible y lo desconocido. Pretender que todo está controlado - o lo puede estar- es engañar a la gente.

@pitiklinov


Referencias:

Baron-Cohen Simon. Zero degrees of empathy. A new theory of human cruelty. Allen Lane 2011

Daniel AE, Fleming J (2006) Suicides in a correctional system, 1992-2002: a review. Journal of Correctional Health Care, 12:24-35

Isometsa ET, Heikkinen ME, Marttunen MJ, Henriksson MM (1995). The last appointment before suicide: is suicide intent communicated? American Journal of Psychiatry, 152:919-922

Isometsa ET, Henriksson MM, Heikkinen ME, Aro HM, Marttunen MJ, Kuoppasalmi KI, Lonnqvist JK (1996). Suicide among subjects with personality disorders. American Journal of Psychiatry 153, 667-673

Miller M, Hemenway D (2008) Guns and suicide in the United States. N Engl J Med 359, 989-991

Simon TR, Swann AC, Powell KE, Potter LB,( 2001) Characteristics of impulsive suicide attempts and attempters. Suicide Life Threat. Beahv. 32, 49-59
Soloff PH, Lis J, Kelly T, Cornelius J, Ulrich R ( 1994) Risk factors for suicidal behavior in borderline personality disorder. American Journal of Psychiatry 151, 1316-1323
Smith PN, Witte TK, Teale NE, King SL, Bender TW, Joiner TE (2008) Revisiting impulsivity in suicide: implications for cibil liability of third parties. Behav Sci. Law 26, 779-797
Zisook S, Goff A, Sledge P, Shuchter SR (1994) Reported suicidal behavior and cirrent suicidal ideation in a psychiatric outpatient clinic. Annals of Clinical Psychiatry 6, 27-31


miércoles, 1 de abril de 2015

El Suicidio Impulsivo

El suicidio se entiende la mayoría de las veces como un proceso que va progresando en intensidad desde deseos de muerte hasta ideación suicida y luego planificación y posteriormente el intento suicida. De este modelo de interpretar la suicidalidad hemos hablado aquí (los 6 pasos del suicido, según Baumeister) y es muy importante porque es el que se utiliza como base para todos los enfoques preventivos del suicidio ya que  da la oportunidad de interrumpir el proceso a diferentes niveles. Sin embargo, la hipótesis de un continuo parece aplicarse sólo a ciertos casos con un escenario psicopatológico especifico (la depresión crónica) y no es representativa de la mayoría de los sujetos suicidas. Esto tendría mucha relevancia para la detección y prevención del suicidio pero no voy a hablar de eso ahora.
Los resultados de un gran número de estudios no son consistentes con el punto de vista del continuo en la suicidalidad,  indicando que en muchos casos el riesgo de intentar el suicido se desarrolla rápidamente con poca planificación previa o premeditación ( Simon y cols 2001; Sveticic y de Leo, 2012; Wyder y de Leo, 2007). Aunque el empleo del término “intento de suicidio impulsivo” fue ya mencionado por Durkheim en 1897 (Durkheim, 1897,2005), el proceso  se ha estudiado poco en la literatura psiquiátrica –la primera revisión al respecto es precisamente de este año 2015, (Rimkeviciene y cols, 2015)-. A pesar de ello, una conclusión provisional bastante segura es que el intento de suicido no es un único proceso, que hay por lo menos dos procesos (el suicidio premeditado y el impulsivo) y que las estrategias y posibilidades preventivas son diferentes para cada uno.
Las estimaciones de la proporción de intentos de suicido que se hacen impulsivamente varía dependiendo de la definición y la muestra estudiada siendo tan alta como del 80% en algunos estudios (Cornelius y cols, 1996; Gore-Jones y O´Callaghan, 2012; Kleespies y cols. 2011). Un estudio de la Universidad de Houston (Simon y cols. 2001) define suicidio impulsivo como el ocurrido en menos de 5 minutos desde el inicio de la ideación suicida y  encuentra que el 24% de la muestra pensó en el suicidio sólo 5 minutos antes del acto, el 70% dentro de la hora previa, y en cerca del 90% las ideas suicidas sólo estuvieron presentes durante las 8 horas previas o menos. Williams y cols. (1980) utilizando el mismo criterio de 5 minutos encuentran un 40% de intentos de suicidio impulsivos. Otro estudio de Deisenhammer y cols (2009) sobre la duración del proceso suicida encuentra que en casi la mitad de los pacientes (47,6%) el tiempo que transcurre desde el primer pensamiento suicida hasta el intento de suicidio es de 10 minutos o inferior.
La mayoría de los estudios (58%) encuentra que los suicidios impulsivos constituyen más de la mitad de todos los intentos de suicidio. Los estudios de más calidad revisados por Rimkeviciene y cols. dan una frecuencia de 51% de suicidios impulsivos y los de menos calidad del 65%. Los estudios que estudian la planificación de los intentos concluyen que la planificación está ausente en dos tercios de los suicidios, lo que indica que la mayoría de los intentos muestran poca planificación previa. 
Existe un subgrupo de suicidios altamente letales por la gravedad del método elegido. Según Rimkeviciene y cols., “estudios cualitativos y cuantitativos indican que métodos violentos, como saltar desde un puente, utilizar armas de fuego, o el ahorcamiento pueden ser usados en algunos intentos de suicidio con poca premeditación y planificación”… “Estos hallazgos apoyan la existencia de un subgrupo de suicidios impulsivos altamente letales donde se usan métodos violentos”. ..”para este grupo existe una pequeña ventana (temporal) para intervenir antes del intento y hay poca oportunidad para salvar la vida del sujeto porque los métodos violentos tienen alta letalidad (Misson y cols. 2010). El desarrollo de estrategias preventivas eficaces en este caso resulta especialmente difícil”. 
Otro hecho importante es que los estudios de suicido impulsivo señalan la importancia de algún tipo de factor estresante, principalmente factores interpersonales, en relación estrecha temporal con el acto. Muchas veces los suicidios impulsivos son una respuesta a estos conflictos interpersonales que han ocurrido en las horas previas al acto. En un estudio en Australia de intentos de suicidio por armas de fuego (de Moore, 1994), el 64% dijo que el intento fue debido a un conflicto interpersonal con la pareja o la familia. En otro estudio de intentos de suicidio por envenenamiento en Sri Lanka (Eddelston, 2006) algo más de la mitad tomó el veneno dentro de los 30 minutos de que les viniera la idea y a menudo tras una discusión. El intento de suicidio podría ser una respuesta a estos conflictos más que un verdadero deseo de morir. El dato de que la mayoría delos intentos de suicido impulsivos ocurren durante la noche reflejan probablemente el hecho de que  ese tiempo es en el que ocurren con mayor probabilidad esos conflictos personales.
Un dato también contraintuitivo es que el consumo de alcohol no diferencia entre ambos tipos de suicidio (impulsivo y no impulsivo), porque siempre se ha pensado que el alcohol favorece la desinhibición y el paso al acto (Kendall, 1983). La explicación  podría ser que el suicido impulsivo sí es consecuencia de la desinhibición causada por el alcohol mientras que el depresivo con intento intencionado utiliza el alcohol para aumentar su “convicción” y completar el suicidio.
Como mencionaba al inicio, los estudios  (Simon y cols, 2001; Wyder y de Leo, 2007) confirman que la depresión no se asocia a suicido impulsivo sino a suicidio premeditado. Los pacientes depresivos tuvieron 5 veces más probabilidades de pertenecer al grupo de no-impulsivos que al de impulsivos (84% comparado con 16% del grupo impulsivo)
Voy a hablar, para concluir, del suicidio por salto desde un puente, que está catalogado y considerado como un suicido de alta impulsividad, porque lo que los estudios de este tipo de suicidio dicen puede resultar contraintuitivo para muchas personas. Los expertos en Salud Mental y suicidólogos citan la impulsividad asociada al suicidio por salto desde un puente como uno de los factores principales que contribuye a la eficacia de las barreras en los puentes. Cito a continuación varios estudios que han evaluado la eficacia de las barreras en los puentes para prevenir los suicidios que demuestran la eficacia de estas medidas. Se comprueba además que los suicidios disminuyen globalmente, es decir, que no aumentan en otros lugares al no poder realizarse en un lugar concreto. Estos datos sólo pueden explicarse reconociendo la impulsividad asociada al suicido por salto desde un puente, porque si fueran planificados el sujeto sustituiría un lugar por otro.
O´Carrol y cols.(1994) estudiaron el efecto de la construcción de barreras en el puente de Ellington Bridge, en Washinton. Según su estudio:
- Antes de la instalación de las barreras, una media de 4 personas al año moría por suicidio saltando desde el puente.
- En los 5 años siguientes  a la instalación de las barreras sólo hubo un suicidio desde el puente de Ellington
- El número de suicidios desde el cercano puente de Taft Bridge, donde no se habían instalado barreras, permaneció invariable
Un segundo estudio examinó los patrones de suicidio antes y después de quitar las barreras del puente de Grafton Bridge en Auckland, Nueva Zelanda (Beautrais, 2001)
- Hubo tres suicidios en los cuatro años antes de que se quitaran las barreras (1992-1995)
- Hubo 15 suicidios en los años siguientes a retirar las barreras ( 1996-2002)
Andrew Pelletier, del Center for Disease Control and Prevention, estudió las barreras instaladas en el Memorail Bridge en Augusta, Maine.
- La barrera fue instalada en 1983. En los siguientes 22 años hubo cero suicidios.
- Antes de la instalación de las barreras hubo un total de 14 suicidios. El número de suicidios por salto desde otros edificios en Augusta permaneció invariable después de la instalación de la barrera, lo cual sugiere que los individuos suicidas no buscan sitios alternativos.
Todo ello sugiere que el suicidio por salto desde un puente se asocia a impulsividad y que las intervenciones preventivas en este tipo de suicidios (como en el del uso de armas de fuego) pasan por restringir el acceso a los medios letales de suicidio, es decir, reducir el acceso a armas y el acceso a los puentes. Por ejemplo, es la recomendación del estudio de Lindqvidst y cols, 2004, un estudio de 50 casos de suicidio desde puentes de Suecia. 
Decía antes que es contraintuitivo porque lo primero que nos viene al cabeza es que si pones barreras en un puente el sujeto irá a otro sitio. Richard Seiden, un experto en este tipo de suicidios da la siguiente explicación: “ a riesgo de decir algo obvio, la gente que intenta el suicido no está pensando con claridad. Puede que hayan hecho un plan A, pero no hay plan B. Van con una idea fija. No se dicen “bueno, parece que no puedo saltar, voy pegarme un tiro”. Sea como fuere parece que los datos disponibles hasta el momento demuestran la eficacia de poner barreras en los puentes.
En esta línea, se aprobó el año pasado un presupuesto de 76 millones de dólares para la instalación de un sistema de redes y protección el puente Golden Gate Bridge de San Francisco desde donde dos docenas de personas saltan de media al año, y donde se han cometido más de 1500 suicidios desde su inauguración en 1937. Otras 80 personas que contemplan el suicidio son detenidas al año antes de llevarlo a cabo.

Lo mismo ocurre en el suicidio por arma de fuego. En este artículo tenéis datos de cómo hay una relación entre tener un arma en casa y el riesgo de suicidio. Hay hasta una relación dosis respuesta en el sentido de que si el arma está cargada y abierta hay más suicidios que si está descargada y cerrada. Esto demuestra un claro componente impulsivo. Si fuera premeditado no habría ningún problema en tomarse el tiempo de abrirla y cargarla

Conclusiones:
  • El 50% o más de los suicidios son impulsivos
  • Parece haber dos tipos de suicidio (Apter y cols, 1995): 1)- un deseo planeado de morir (depresión) y 2)- sentimientos y pensamientos en el momento (control impulsos)

@pitiklinov

Bibliografía:
A los no profesionales, y también a los profesionales, os recomiendo este excelente artículo: 

Apter A, Gothelf D, Orbach I, Weizman R, Ratzoni G, Harf-Even D, Tyano S. (1995). Correlation of suicidal and violent behavior in different diagnostic categories in hospitalized adolescent patients. Journal od the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 34. 912-918
Beautrais AL (2001) Effectiveness of barriers at suicide jumping sites: a case study. Aust N.Z J Psychiatry; 35: 557-562
Cornelius JR, Salloum LM, Day NL, Thase ME, Mann JJ (1996) Patterns of suicidality and alcohol use in alcoholics with major depression Alcohol Clin Exp. Res. 20, 1451-1455
Deisenhammer EA, Ing CM, Strauss R, Kemmler G, Hinterhuber H, Weiss EM. (2009). The duration of the suicidal process: How much time is left for intervention between consideration and accomplishment of  a suicide attempt? J Clin. Psychiatry 70, 19-24
De Moore GM, Plew JD, Bray KM, Snars JN (1994). Survivors of self-inflicted firearm injury. A liaison psychiatry perspective. Medial Journal of Australia. 160(7):421-425
Durkheim E (2005) Suicide: A study in Sociology, 2nd ed. Taylor and Francis Hoboken (originalmente publicado en 1897)
Eddleston M, Karunaratne A, Weerakoon M, et al. Choice of poison for intentional self-poisoning in rural Sri Lanka. Clinical Toxicology. 2006; 44:283-286
Gore-Jones V, O´Callaghan J, 2012. Suicide attempts by jumping from a height: a consultation liaison experience. Australas. Psychiatry 20, 309-312
Kendall R (1983) Alcohol and suicide. Substance & Alcohol Actions/Misuse, 4, 121-127
Kleespies PM, AhnAllen CG, Knight JA, Pressreikcher B, Barrs KL, Boyd BI, Dennis JP, (2011) . A study of self-injurious and suicidal behavior in a veteran population. Psychol. Serv. 8, 236-250.
Lindqvist P, Johnson A, Eriksson A, Hedelin A, Bjornstig U (2004). Are suicides by jumping off bridges preventable? An analysis of 50 cases from Sweden. Accident Analysis and Prevention; 36:691-694
Misson H, Mathieu F, Jollant F, Yon L, Guillaume S, Parmentier C, Raust A, Jaussent I, Slama F, Leboyer M, Bellivier F, Courtet P. (2010). Factor analyses of the Suicidal Intent Scale (SIS) and Risk-Rescue Rating Scale (RRRS): Toward the identification of homogenous subgroups of suicidal behaviors. J. Affect. Disord. 121, 80-87
O´Carroll PW, Silverman MM, Berman AL ( ed) (1994). Community Suicide Prevention: The effectiveness of bridge barriers. Suicide Life-Threat Behav; 24:89-99
Rimkeviciene J, O´Gorman J De Leo D. (2015) Impulsive suicide attempts: a systematic literatura review of definitions, characteristics and risk factors. Journal of Affect. Disord 171: 93-104
Simon TR, Swann AC, Powell KE, Potter LB,( 2001) Characteristics of impulsive suicide attempts and attempters. Suicide Life Threat. Beahv. 32, 49-59
Sveticic J, De Leo D ( 2012) The hypothesis of a continuum in suicidality: a discussion on its validity and practical implications Ment Ill. 4, e15
Williams C, Davidson J, Montgomery I (1980). Impulsive suicidal behavior. Journal of Clinical Psychology, 36, 90-94
Wyder M, De Leo, D (2007). Behind impulsive suicide attempts: indications from a community study. J. Affect. Disord. 104, 167-173






domingo, 29 de marzo de 2015

El efecto Benjamin Franklin

El sentido común nos dice que hacemos favores a la gente que nos gusta y fastidiamos a aquellos a los que odiamos. Pero la realidad parece ser que tendemos a que nos guste la gente con la que somos amables y a que nos disguste la gente con la que somos rudos o nos portamos mal. Veamos esta historia que cuenta Benjamin Franklin en su autobiografía:

Cuando Franklin estaba en la Asamblea Legislativa de Pennsylvania había un opositor que en alguna ocasión había hablado en su contra (Franklin no dice su nombre) y era un hombre de fortuna y educación que en el futuro iba a ser muy influyente. El caso es que Franklin estaba my inquieto por esta oposición y animosidad y decidió ganarse a este caballero. Y lo que se le ocurrió es muy curioso e inteligente. En vez de hacer a ese caballero algún favor o servicio le indujo a que el caballero le hiciera un favor a Franklin prestándole un libro muy raro de su biblioteca. El señor en cuestión se lo prestó inmediatamente y Franklin se lo devolvió al  de una semana con una nota en la que le agradecía enormemente el favor. Cuando se volvieron a encontrar en el parlamento el caballero le habló (cosa que no había hecho antes nunca) y encima con gran educación. A partir de entonces este señor estuvo siempre dispuesto a ayudar a Franklin y se hicieron grandes amigos, una amistad que continuó hasta su muerte. Este hecho demuestra la verdad de una máxima que Franklin había aprendido de pequeño que dice: “Es más probable que te haga otro favor alguien que ya te ha hecho uno previo que no uno que te lo debe a ti”.

¿Cuál es la explicación de este contraintuitivo fenómeno? Pues parece que la explicación podría ser el conocido fenómeno de la disonancia cognitiva. La lógica sería algo parecido a esto: “si le hago un favor a alguien es porque me agrada, luego esta persona debe agradarme porque le hice un favor”. Es decir, primero viene la conducta, la acción, y luego el pensamiento. Pensemos en el caso de un niño o joven que abusa de otro niño como parte de una cuadrilla o banda callejera. Si el chico es una buena persona empezará a pensar: “¿cómo ha podido una persona decente como yo hacerle esto a ese niño?” “he sido cruel con una persona inocente”. Se produce un problema para compatibilizar una buena idea de uno mismo con la conducta mostrada, una disonancia cognitiva. Una forma de resolverla es justificar que el niño se lo merecía. Por ejemplo: “es un idiota y un llorón, y además el habría hecho lo mismo si hubiera podido”. El resultado de ello es que se produce un círculo vicioso y la próxima vez que encuentre al niño es probable que le pegue más fuerte todavía. La agresión precisa una auto-justificación, la cual a su vez precisa más agresión. 
dientes Dinka

Hay un ejemplo de este fenómeno en los hermanos Karamazov de Dostoiewsky (un buen psicólogo). Fyodor Pavlovitch recuerda cómo una vez en el pasado le preguntaron por qué había odiado tanto a una persona. Y él les respondió: “Os lo diré. No me ha hecho ningún daño. Yo me porté muy suciamente con él una vez y desde entonces le he odiado”. Lo mismo que en estos ejemplos obtenemos un círculo vicioso, el efecto Benjamin Franklin demuestra que también es posible generar círculos virtuosos.

Otro ejemplo de disonancia cognitiva similar es el hecho de que si hemos sufrido mucho para conseguir algo estaremos más felices y valoraremos más ese algo que si lo hubiéramos conseguido fácilmente. La disonancia cognitiva en este caso es la siguiente: yo soy una persona sensible e inteligente así que no es posible que haya trabajado tanto para conseguir algo que no vale para nada. Este mecanismo es el que está detrás de los ritos de iniciación, que cuanto más duros son más hacen que valoremos al grupo en el que entramos. 

Tendemos a justificar nuestras decisiones, sobre todo cuando no podemos cambiarlas. Cuanto más cuesta una decisión en términos de dinero, tiempo, esfuerzo y cuanto más irrevocables sean las consecuencias, mayor es la disonancia y mayor la necesidad de enfatizar las buenas cosas que tiene la elección que hemos hecho. Por lo tanto, cuando estés a punto de tomar una decisión importante, como comprar un coche o un ordenador, no le preguntes a alguien que acaba de hacer esa compra porque te dirá que lo suyo es lo bueno, no le queda otro remedio. Si quieres información de un producto que quieres comprar no preguntes al que lo ha comprado sino al que todavía está recopilando información. Porque luego ya sabes: “ A lo hecho, pecho”.

Un último caso histórico. Entre las tribus Nuer y Dinka de Sudan existía la costumbre (hasta hace poco, ya está prohibida) de extraer varios dientes definitivos anteriores a los niños (incisivos y caninos y tantos como seis de abajo y dos de arriba) lo que hace que se caiga el labio inferior y tengan hasta problemas para hablar. El origen de la costumbre parece ser en tiempos en que hubo tétanos en la región. El tétanos produce una contracción y cierre de las mandíbulas de forma que los niños no podían alimentarse. La maniobra de extraer los dientes permitía así darles de beber líquidos y de comer. Pero el tétanos desapareció y la costumbre de extraer los dientes continuó así que era necesario justificar algo tan costoso. Y así es como surgió la idea de que “tener así los dientes era bello”, que “las personas normales parecen caníbales y no seres humanos” “que a nosotros nos gusta el silbido que hacen al hablar” y hasta se convirtió en un rito de maduración. Cosas de la mente humana…

@pitiklinov

Referencia:



sábado, 28 de marzo de 2015

Cero grados de Empatía

Simon Baron-Cohen
El libro de Simon Baron-Cohen “Zero Degrees of Empathy” es un intento de explicar el problema del mal utilizando el concepto de empatía. Como persona de origen de judío, Baron-Cohen intenta entender hechos como el Holocausto, otros genocidios o múltiples ejemplos de maldad humana. El mal se debería, según Baron-Cohen, a un fallo en la empatía, a un bloqueo o incapacidad para utilizar la empatía y la solución al mismo pasa por activar la empatía entre enemigos, países en conflicto o cualquier otras partes enfrentadas. Creo que el libro fracasa en su objetivo de explicar el mal, pero veamos primeros las ideas que Baron-Cohen nos quiere transmitir con su libro.

Lo primero es que todos nos encontramos dentro de un espectro de empatía, de un curva de Gauss desde personas que tienen baja empatía hasta personas que tienen muchísima empatía, lo mismo que unos somos más bajos y otros más altos. En el límite más bajo de este espectro se encuentran las personas que tienen un grado cero de empatía y estas personas se dividen en personas con empatía Cero-Negativa y personas con empatía Cero-positiva. Las personas con Empatía cero-negativa son los Trastornos de Personalidad Psicopático o antisocial, el Borderline y el Narcisita. Estos no son los únicos subtipos que existen ya que también el alcohol, la fatiga, la depresión o la esquizofrenia pueden reducir la empatía. Pero estos tres trastornos, que se han considerado de personalidad por la psiquiatría, para Baron-Cohen son Trastornos de la empatía.
Tener empatía cero-negativa significa que no hay frenos en nuestra conducta y podemos perseguir libremente nuestros deseos sin tener en cuenta el impacto en otras personas. Los pensamientos y sentimientos del resto de la gente quedan fuera de nuestro radar y nos lleva a cometer actos de crueldad e insensibilidad a los demás.

Otro presupuesto es que existe un circuito de la empatía en el cerebro que Baron-Cohen  describe y la parte de la neurobiología de los psicópatas, borderlines y autistas es de lo mejor del libro. También existen genes para la empatía, aunque es una forma de hablar, no son propiamente genes “para” sino que se asocian a la empatía. La empatía también se puede aprender y trabajar por medio de videos, rol-playing y otras técnicas. También es muy importante el vínculo temprano con los cuidadores (Bowlby y el apego) a la hora de cargar nuestra mente de un “puchero interno de oro”, una especie de poción mágica de empatía para el resto de nuestra vida. Según Baron-Cohen, la causa de que los antes referidos borderlines y psicópatas tengan empatía cero-negativa es el fallo en el apego con la madre.

Pero luego están las personas con empatía cero-positiva, las personas del espectro autista y el S. de Asperger, que es una forma de empatía cero que ha sido seleccionada por la evolución porque se asocia a alta sistematización. El mecanismo de sistematización es el que permite ver patrones en el mundo y eso ha dado grandes frutos en la ciencia y  la tecnología. Estas personas no soportan los cambios, todo lo que rompe esa presencia inmutable de patrones -el tiempo- es un problema para ellos porque altera su orden. De ahí que se resistan a los cambios.

La empatía, para Baron-Cohen, es el recurso más valioso del mundo y por no usarla sigue habiendo guerras en Irak, Afganistán y Palestina. Por cada día que pasa, dice, sin emplear la empatía en esos rincones del mundo, muchas vidas se siguen perdiendo. Baron-Cohen llega al punto de proponer un cambio en las clasificaciones psiquiátricas para incluir los trastornos de empatía pero resulta que nos quedaría un cajón de sastre muy caótico donde tanto la erotomanía como la depresión o la anorexia serían trastornos de empatía…Por otra parte, todo acto malvado implica una desconexión de la empatía en el momento de cometerse, el copiloto Andreas Lubitz tuvo que desconectar su empatía para no conectar con el sufrimiento de los pasajeros y sus familias. El terrorismo también y todo mal resulta de la desconexión de la empatía.

Hasta aquí un breve resumen de su planteamiento. Yo de entrada voy a empezar por negar la mayor: el mal no es un problema de empatía. Si una persona tuviera la forma “maligna” de empatía cero-negativa haría el mal a todo el mundo pero vemos que esto no es cierto. Muchos nazis eran personas amables con sus perros e hijos, lloraban con la música clásica y se mostraban colaboradores y altruistas con todos menos con los judíos. Otro ejemplo: Wafa Idris, la primera mujer bomba palestina había sido voluntaria paramédica durante la Segunda Intifada, no a esa mujer no le faltaba empatía.

Como decía Bloom en el debate la empatía es parroquiana, llega hasta los límites de nuestro grupo, los nacionalistas o los miembros de una religión pueden ser muy empáticos con los de su grupo pero no tanto con los de fuera. Como dice Emile Bruneau, un neurocientífico cognitiva del MIT, en este muy recomendable artículo, cuando te enfrentas a un enemigo se genera un “vacío de empatía” y todo el mundo, incluso los más empáticos, en las circunstancias adecuadas, puede llegar a silenciar su empatía. Empatizar con el enemigo, sobre todo con el grupo enemigo, es muy difícil, la violencia surge mucho más fácil entre grupos que entre individuos. Esto tiene una lógica evolucionista muy clara: yo no puedo ir a luchar con el grupo enemigo con la empatía a flor de piel porque me pondría a darles abrazos y a llorar en vez de porrazos en la cabeza. Los genes de los que daban abrazos en las guerras desaparecieron del acervo genético; ha sido adaptativo desconectar la empatía y por eso tenemos un interruptor que nos permite desactivarla en las circunstancias en que es necesario. 
Emile Bruneau

Por otro lado, agrupar los trastornos mentales en una categoría debida a fallo de empatía creo que es como decir que la muerte de las personas se debe a parada cardio-respiratoria. Claro que al final se desconecta la empatía,pero también se desconecta el apetito y otras muchas cosas. Lo importante es ¿por qué? ¿cuál es la causa? Creo que Baron-Cohen idealiza la empatía fenómeno que se está generalizando ( ya hablamos de ello en este post). Me da la impresión que se se está repitiendo con la empatía el mismo error que se ha cometido con la autoestima en las últimas décadas, que era algo que había que potenciar para el pleno desarrollo y felicidad de las personas.

Bruneau encuentra que ese salto o diferencial de empatía no se relaciona con medidas de empatía de la personalidad del individuo sino con la identificación de ese individuo con su grupo. Cuanta más identificación con el grupo mayor el diferencial de empatía con los otros. Y llegados a este punto los que soléis leer este blog ya estaréis pensando en una de las cosas que genera identidad a la que solemos volver una y otra vez: a la ideología, a las creencias: tener dioses diferentes, tener patrias diferentes y ese tipo de cosas. Estas son algunas de las cosas que más nos dividen y crean identidades que muchas veces acaban siendo asesinas. Desconectar la empatía viene después.

@pitiklinov

Referencia: