domingo, 22 de febrero de 2015

El origen común de la sonrisa, la risa y el llanto

Michael Graziano es profesor de Psicología y Neurociencia en la Universidad de Princeton y ha estudiado cosas tan variadas como la conciencia o la forma en que codificamos el espacio alrededor de nuestra persona. En esta entrada voy a resumir un artículo suyo muy interesante en la revista Aeon en el que plantea un origen común para la risa, la sonrisa y el llanto basándose precisamente en sus estudios sobre la zona de seguridad que todos los animales tenemos alrededor de nuestro cuerpo. Es una hipótesis atrevida pero original y como parte del tema de cómo monitorizamos nuestro espacio personal vamos a empezar por ahí.

Graziano ha estudiado en el laboratorio cómo monitoriza el cerebro la zona de seguridad alrededor de nuestro cuerpo y cómo controla acciones como encogerse, agacharse o cerrar los ojos para protegernos de un impacto. Su equipo estudiaba la actividad de determinadas neuronas de ciertas zonas cerebrales y observaron que una neurona típica se activaba cuando un objeto se dirigía, por ejemplo, a la mejilla izquierda. La misma neurona respondía a un roce en la mejilla izquierda o a un sonido realizado cerca de ella. Cuando hacían estudios en la oscuridad, esa misma neurona se activaba enormemente si la cabeza se dirigía hacia la localización recordada de un objeto. Es decir, la neurona estaba avisando al resto del cerebro de que iba a ocurrir una colisión en lugar determinado del cuerpo.

Otras neuronas registran la actividad de otras zonas del cuerpo de manera que sería como si toda la piel estuviera cubierta de burbujas invisibles, cada una monitorizada por una neurona. Algunas de las burbujas son pequeñas y alcanzan sólo unos centímetros pero otras son más largas y alcanzan metros. De forma colectiva, todas ellas crean una zona de seguridad virtual, como una especie de burbuja grande alrededor de nuestro cuerpo.

Pero estas neuronas hacen más que monitorizar: alimentan una serie de reflejos. Cuando se activan dirigen el movimiento del cuerpo para alejarlo de los objetos cercanos. Si estimulaban estas neuronas eléctricamente el resultado era un completo movimiento defensivo. Si estimulaban un conjunto de neuronas que controlan la mejilla izquierda un montón de cosas ocurrían inmediatamente. Los ojos se cerraban. La piel alrededor del ojo izquierdo se frunce. El labio superior se eleva causando arrugas para proteger los ojos desde abajo. La cabeza se agacha y encoge girándose hacia la derecha. El torso se encoge y la mano izquierda se eleva como para bloquear la amenaza. Toda esta secuencia es rápida, refleja y automática. Se trata de un mecanismo básico sin el que no podríamos matar un insecto que tuviéramos en la piel, agacharnos para evitar un impacto o pasar por una puerta sin pegarnos en el hombro.

Pero había una cosa que les llamaba mucho la atención a los investigadores y es que estos mecanismos defensivos se parecían mucho al conjunto de señales sociales humanas. Cuando le soplas aire en un ojo a un mono su expresión se parece mucho, por ejemplo,  a la de una sonrisa humana. ¿Por qué la risa tiene componentes de una reacción defensiva?

Ahora vamos a hablar de ello, pero hay que decir que el equipo de Graziani no fue el primero en establecer una relación entre movimientos defensivos y conducta social. Un pionero en este campo fue  Heini Hediger , director del zoo de Zurich en los años 50 del siglo pasado, que estaba fascinado por la forma en que los animales gestionaban el espacio a su alrededor. Una cebra, por ejemplo, no corre siempre que ve un león sino que parece proyectar un perímetro invisible a su alrededor. Si el león está fuera de ese perímetro no se preocupa en absoluto de él. Pero si el león se mete en ese perímetro entonces, como que no quiere la cosa, la cebra se moverá para restablecer la distancia, y si el león se acerca mucho entonces sí que correrá. Y también mantienen una distancia respecto a otras cebras dependiendo de las circunstancias.

También en los años 60 el psicólogo Edward Hall adaptó esta idea a la conducta humana. Hall señaló que cada persona tiene una zona de seguridad de unos dos o tres pies de ancho que es más abultada en la cabeza y más estrecha en los pies. Esta zona no es fija sino que aumenta si estás nervioso y disminuye si estás relajado. Tampoco es igual en todas las culturas, siendo más pequeña en Japón y más grande en Australia, de manera que si juntas a un japonés con un australiano empezarán un baile en el que el japonés se acerca al australiano y este se separa y vuelta a empezar. De esta manera, la zona de seguridad provee un espacio invisible donde se enmarcan las interacciones sociales.

Bien, hasta aquí lo fácil, vamos a complicar ahora las cosas. ¿Qué tiene que ver la sonrisa, por ejemplo, con los perímetros de defensa? ¿Por qué enseñar los dientes como señal de amistad?  ¿Por qué hacerlo como señal de sumisión? ¿No comunican los dientes agresión? Los etólogos están de acuerdo en que equivalentes a la sonrisa son apreciables en primates. Tienen un gesto llamado “enseñar en silencio los dientes desnudos” con el que comunican la no-agresión. Algunos plantean que evolucionó del gesto contrario, una preparación para el ataque. Pero Graziano piensa que centrándose en los dientes se pierden el conjunto ya que la sonrisa implica todo el cuerpo. Vamos a ver la versión de Graziani de cómo apareció la sonrisa.

Imaginemos dos monos, A y B. El mono B se acerca al espacio personal del mono A. ¿Qué ocurre? Las neuronas que controlan las burbujas de su cuerpo se activan y disparan una clásica reacción defensiva. El mono A parpadea, protegiendo sus ojos, su labio se eleva, esto expone sus dientes, pero sólo como un efecto secundario, para proteger los ojos. Las orejas se pliegan hacia atrás, para protegerse. La cabeza se esconde entre los hombros, para proteger el cuello y la yugular. El torso se curva para proteger el abdomen. Dependiendo de la dirección de la amenaza, los brazos pueden cruzarse protegiendo el torso o la cara. En conjunto, una reacción defensiva que protege las partes vulnerables del organismo.

El mono B puede aprender un montón observando la reacción del mono A: si éste le tiene miedo, si le considera superior, etc. Así el mono B aprende dónde se encuentra socialmente respecto al mono A. Esto pone en marcha un escenario para que la señal social evolucione, la selección natural favorecería a los monos que sepan leer el lenguaje corporal de sus congéneres y ajusten su conducta en consecuencia. Pero si el mono B obtiene información de los movimientos del mono A la evolución favorecerá que el mono A aprenda a manipular sus movimientos corporales y su conducta para influenciar al mono B. Es decir, la evolución favorecería a los monos que sepan “interpretar” una reacción defensiva y convenzan a los demás de que nos son peligrosos, por ejemplo. Así que ya tenemos el origen de la sonrisa: una imitación breve de una respuesta defensiva.

Vamos ahora con la risa, que es muy variada. Reímos por muchas cosas: un chiste inteligente, una historia sorprendente, cuando alguien pisa una piel de plátano y se cae…y cuando nos hacen cosquillas. Según el etólogo Jan van Hoof, los primates tienen algo muy parecido a la risa, abren la boca y hacen unas exhalaciones, sobre todo cuando juegan. La psicóloga Marina Ross ha comparado los ruidos que hacen diferentes especies y ha llegado a la conclusión de que el sonido más parecido a la risa humana es la risa de los bonobos cuando juegan a pelear o se hacen cosquillas. Todo ello sugiere que la risa humana nació del juego y las cosquillas. Pero la gente que ha estudiado la risa se ha centrado, de nuevo, en el sonido y no se han dado cuenta de que la risa implica todo el cuerpo. Veamos la versión de Graziano(otra just-so historia).

Imaginemos dos simios jóvenes que juegan a pelearse. Ya sabemos que el juego es muy importante porque se entrenan habilidades necesarias para la edad adulta. Implica también un riesgo de heridas por lo que tiene que estar finamente regulado. Imaginemos que el simio B vence por un momento al simio A. Vencer quiere decir que penetra sus defensas y hace contacto en una parte vulnerable del cuerpo, pongamos la tripa o la mandíbula. ¿Qué ocurre? Pues una vez más se dispara la reacción defensiva: parpadeo, elevación del labio, agachar la cabeza y hasta emite llamadas de ayuda. La intensidad de la reacción depende de lo lejos que haya llegado el ataque. Igual que comentábamos para el caso de la sonrisa, es importante que el simio B sepa leer los movimientos del simio A y aprender así lo que es un buen movimiento para una lucha futura, así como saber cuándo tiene que parar el juego para no hacer daño. Podemos pensar en ello como en una señal de touché. Por lo tanto, la evolución favorecería a simios que se sintieron recompensados al conseguir una señal de touché de su oponente. Pero, al igual que comentábamos en el caso de la sonrisa, la evolución favorecería también a los simios que supieran producir una señal de touché cuando necesitaran regular el juego de pelear.

Según esta hipótesis, se produce una dinámica compleja entre el emisor y el receptor de la señal (se le suele llamar una carrera de armamentos) y se acaba convirtiendo en una señal social humana elaborada. Si esta “teoría del touché” es cierta, entonces la risa funciona como una señal de recompensa social. Cada uno de nosotros controla esa recompensa que es una especie de “Lo has hecho muy bien” que les damos a los demás modelando así su conducta. Y, de hecho, usamos la risa de esa manera. Reímos los chistes y la inteligencia como una señal de apoyo y admiración. Cuando reímos un chiste, ¿no es en esencia una señal de touché? “Me pillaste”, quiere decir. Has ganado un punto en esta lucha mental. Me has engañado llevándome por un lado y luego me has dado un golpe desde una dirección inesperada.

Si has leído hasta aquí y te parecen plausibles las dos historias anteriores, la que te voy a contar ahora acerca del llanto y las lágrimas creo que se te va a hacer más cuesta arriba. Volvemos a repetir lo mismo, los intentos anteriores de entender el llanto se han centrado en lo más visible, las lágrimas, pero ya habrás adivinado que Graziano nos va a decir que hay que mirar todo el cuerpo: los labios, los párpados, esconder la  cabeza protegiendo el cuello, el encogimiento de hombros, curvar el torso, etc., una típica reacción defensiva. Pero en el caso del llanto tiene un uso my específico: pedir ayuda. Llora y tu amigo intentará consolarte así que tenemos que estudiar cuándo se consuelan los primates. 

Los primatólogos, ya desde Jane Goodall en los años 60 del siglo pasado, han observado que los chimpancés se reconcilian después de las peleas. Un chimpancé pega a otro y luego le consuela y le toca (o le ofrece sexo si es un bonobo). La ventaja adaptativa de ello es obvia ya que ayuda a mantener las relaciones y obtener los beneficios de la vida social. De acuerdo, pero, ¿de dónde vienen las lágrimas? La respuesta de Graziano es que nuestros ancestros tenían la costumbre de pegarse en la cara y esos golpes, especialmente en la nariz, producen lágrimas. Recientemente se han publicado artículos que apoyan esta idea. David Carrier y Michael Morgan, de la Universidad de Utah, dicen que los huesos de la cara tienen una forma evolucionada para soportar traumas faciales y han propuesto también que los Australopitecos ya eran capaces de cerrar la mano formando un puño, y de usarla para atacar. Así que la razón de que ahora lloremos tiene que ver con la forma en que nuestros ancestros (y los humanos modernos) arreglaban sus diferencias.

Como en los casos anteriores, la evolución habría favorecido a los animales que reaccionaran ayudando y consolando cuando observaran al otro llorar. Pero luego habría aparecido una segunda presión selectiva para manipular la situación y fingir una herida - exagerándola incluso- cuando necesitaran ayuda o consuelo. De manera que la señal (llorar) y la respuesta (una reacción emocional de ayuda y consuelo) evolucionaron en tándem.

Bueno, no sé si te ha convencido esta original hipótesis acerca de la etimología evolucionista de la risa, la sonrisa y el llanto. Desde unos movimientos defensivos se llega a unas señales sociales complejas y la razón es que esos movimientos ofrecen información acerca del estado interno de la persona. Son muy visibles y no se pueden evitar y la evolución favorece a los que pueden leerlos. Pero también favorece a los que pueden fingirlos y manipularlos por lo que tal vez esto explique una cierta ambigüedad en la vida emocional humana: nos movemos siempre entre la autenticidad y la imitación, flotando en una área gris entre la explosión incontrolada y la simulación. 

@pitiklinov

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sábado, 14 de febrero de 2015

¿Es la Psicoterapia para la depresión más eficaz que el placebo?

Sabemos actualmente que las estimaciones de la eficacia de los antidepresivos habían sido exageradas porque se basaban sólo en estudios publicados y las farmacéuticas habían ocultado los estudios con resultados negativos. Una perspectiva más equilibrada se podía sacar estudiando los estudios remitidos a la FDA para la aprobación de los medicamentos, y esos paquetes están disponibles para que cualquiera se los pueda bajar desde 1997. El primero que se los bajó y utilizó esos datos fue Erick Turner, que estudió 12 antidepresivos. Turner encontró que los estudios positivos tenían 12 veces más probabilidades de ser publicados que los negativos. Sumando todos los datos encontró que el tamaño del efecto de los antidepresivos bajaba de 0.41 a 0.31.

Turner es un hombre bastante moderado y no afirmó que los antidepresivos no eran mejores que el placebo aunque sí que su eficacia había sido sobreestimada. Pero luego llegó Irving Kirsch, que realizó análisis de 12 antidepresivos y llegó a la misma conclusión que Turner, un tamaño del efecto de 0.32. Y Kirsch sí que consiguió la atención de la prensa y la afirmación de que los antidepresivos no eran mejores que el placebo llegó a todos los hogares. Kirsch basó su afirmación en que el tamaño de efecto para que un resultado fuera clínicamente significativo debía ser de 0.50, que era el criterio que durante un tiempo había seguido el NICE (National Institute for Clinical Exclence) del Reino Unido. Hay que decir que este criterio ya había sido abandonado por el NICE y que está sacado de Jacob Cohen, que lo puso de una manera arbitraria y se había distanciado del mismo.

Mucha gente pensó automáticamente que si los antidepresivos no son más que un placebo la alternativa es utilizar psicoterapia. Pero Turner en una entrevista a la CBS comentó que no existe el equivalente a los datos de la FDA para la psicoterapia y que, por lo tanto no podemos estar seguros de que no existe un sesgo de publicación en psicoterapias, es decir, que sólo se publican los resultados positivos (James Coyne, en el artículo que tenéis en la referencia afirma que existe). 

El caso es que James Coyne deicidio recoger el guante y analizar los estudios de psicoterapia con el mismo criterio de Kirsch, el tamaño del efecto de 0.50. Donde las dan las toman. Reclutó al propio Erick Turner y a Pim Cuijpers, que dispone de una excelente base de datos de estudios de psicoterapia,  y formó un equipo con unos cuantos autores más. El fruto de este trabajo es este artículo del Psychological Medicine, publicado en 2013. Coyne pensaba que era importante hacer este metaanálisis, porque al ver que la diferencia entre antidepresivos y placebo era escasa se podía saltar a la conclusión de que la psicoterapia era un tratamiento más eficaz y había que comprobar eso.

¿Y qué encontraron? Pues encontraron que el tamaño del efecto de la psicoterapia comparada con una pastilla placebo fue de g= 0.25. Traducido esto a números de pacientes que es necesario tratar (NNT) significa que hay que tratar 7,14 pacientes para que a uno le vaya mejor con la psicoterapia que con el placebo. Los pacientes tratados con psicoterapia puntuaron 2,66 puntos más bajo en la escala de Hamilton que los tratados con una pastilla placebo. Estas diferencias son similares a las encontradas entre antidepresivos y placebos.

En esencia, comparada con una píldora placebo, la psicoterapia funcionó igual de bien, o, si queréis, igual de mal que los antidepresivos. Por lo tanto deducir de las pequeñas diferencias de efecto entre antidepresivos y placebos que el tratamiento preferido es la psicoterapia es un error.

Tenemos que añadir a esto que no hay un registro de estudios de eficacia de psicoterapia y que puede haber estudios escondidos, simplemente los que no salen positivo no se publican. Pero, además, la mayoría de los estudios de eficacia de la psicoterapia los realizan personas que se benefician de los resultados positivos, tanto a nivel clínico como académico. Es el llamado sesgo de filiación o fidelidad (allegiance). Es decir, que el estudio de James Coyne puede haber sobreestimado la eficacia de la psicoterapia.

@pitiklinov

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sábado, 7 de febrero de 2015

¿Existen ideas endógenas?

El concepto de que puedan existir en nuestra mente ideas que no han sido aprendidas o transmitidas desde fuera no es nuevo en nuestra cultura, aunque no es muy aceptado. Los filósofos, en particular Descartes, han hablado de ideas innatas y también Jung, con sus arquetipos y su inconsciente colectivo, se acercaba a este concepto de innatismo. Asímismo, Chomsky lo ha planteado con su gramática innata. En esta entrada yo voy a abordar este asunto principalmente desde la práctica clínica psiquiátrica y voy  presentar una serie de datos que apoyan o sugieren que por lo menos algunas ideas tienen una base biológica. Voy a utilizar el término ideas endógenas en vez del de ideas innatas porque se ajusta mejor al enfoque que yo le quiero dar al tema. En Psiquiatría se hablaba antes de depresiones endógenas para referirse a depresiones que surgen desde dentro, desde la biología del paciente, como contraposición a depresiones exógenas, depresiones debidas principalmente a factores estresantes externos que actuarían como desencadenantes. Sin más preámbulos, vamos a ir revisando las situaciones y evidencias a favor de unas ideas de origen endógeno o biológico:

Trastorno Bipolar: Cuando un paciente que padece Trastorno Bipolar se encuentra en fase maníaca, entre todos los síntomas que presenta observamos la presencia de determinadas ideas comunes a la mayoría de los pacientes: ideas de grandeza, de elevada autoestima y valoración de uno mismo y de las propias capacidades y habilidades, ideas de altruismo y de querer ayudar a los demás. Cuando el paciente se encuentra en fase depresiva, aparecen también un cierto tipo de ideas, en general las contrarias a las de la fase maníaca: ideas de que uno no vale para nada, de que todo lo ha hecho mal, ideas de culpa, e ideas de suicidio. En muchas ocasiones vemos cambios desde la fase depresiva a la maníaca muy rápidos sin que la situación objetiva del paciente (ni familiar, ni económica, ni laboral…) haya variado en absoluto. La sensación al observar a los pacientes es que de su estado biológico emanan unas ideas que solemos calificar como “congruentes con el estado de ánimo” dando a entender que derivan de su estado emocional o anímico. Es decir, por causas desconocidas cambia la biología del paciente y cambia su estado afectivo y emocional y, en el mismo paquete, aparecen unas ideas determinadas unidas al estado biológico. El estado M se acompaña de ideas tipo M y el estado D se acompaña de ideas tipo D.

Síndrome referencial: los psiquiatras nos referimos con este término a las ideas que tienen los pacientes psicóticos de que la gente les mira, habla de ellos y se ríen de ellos. Estas “ideas referenciales” son típicas en los estadios iniciales de la esquizofrenia y de los episodios psicóticos, aunque son luego permanentes muchas veces y se encuentran entre los síntomas típicos de los pacientes esquizofrénicos en cualquier momento de su enfermedad. La idea de que la televisión o la radio habla de ellos es muy habitual. Lo llamativo de estas ideas referenciales es que tanto hombres como mujeres, viejos como jóvenes, o pacientes de cualquier lugar del mundo, todos ellos llegan a las mismas y monótonas conclusiones: que la gente tiene un interés especial en ellos, les miran y se ríen de ellos.

Duelo: Si estudiamos la sintomatología de las personas que están pasando por un duelo, observaremos también la presencia de determinadas ideas típicas, especialmente las ideas de culpa y muchas veces las ideas también de suicidio (leed por ejemplo la tercera parte del libro Niveles de Vida, de Julian Barnes). Las ideas de culpa se repiten de nuevo con la misma monotonía que las referenciales en la esquizofrenia o las de grandeza en la manía.

Enamoramiento: las personas enamoradas tienen también unas ideas que son comunes: que la persona amada es única y la más maravillosa del mundo, y que su amor es diferente al de los demás y va a durar siempre. Si leemos a los poetas de todas las culturas vemos que la clínica del enamoramiento es la misma en todas partes y, en concreto, que el componente ideacional, las ideas acompañantes, se repite también.

Idiot savants: aunque no se trate puramente de ideas, los idiot savants  conocen cosas acerca de arte, matemáticas o música que no han aprendido. Para explicarlo se ha invocado el concepto de “memoria genética”. También hay casos de pacientes que han sufrido algún tipo de traumatismo o lesión cerebral y, con posterioridad al mismo, desarrollan capacidades y habilidades que no han aprendido o trabajado. Estos ejemplos sugieren que el cerebro no es una tabla rasa y que algún tipo de predisposición innata para cierta actividad mental forma parte del equipamiento de fábrica de nuestro cerebro.

Tratamientos psiquiátricos: Podríamos seguir acumulando ejemplos y datos sobre la posible presencia de ideas endógenas pero voy a acabar con la evidencia que procede de los tratamientos psiquiátricos. En la práctica cotidiana observamos con frecuencia pacientes que presentan ideas delirantes del tipo que sea y que al ser tratados con un antipsicótico estas ideas desaparecen, para aparecer otra vez cuando abandonan la medicación. De nuevo, la sensación es que al cambiar su biología con un medicamento, las ideas asociadas a esa biología desaparecen. Si se abandona la medicación y vuelven supuestamente al estado biológico previo, reaparecen también las ideas previas. Otros ejemplos relacionados con las medicaciones serían los casos en los que medicamentos como el Prozac modifican la personalidad del paciente para hacerle más lanzado y asertivo, menos preocupón y más pasota ante las dificultades de la vida. Cambian su manera de pensar, incluso.

La conclusión que podemos sacar de todos estos ejemplos es que existe una relación más estrecha entre la biología y las ideas de lo que está generalmente admitido. Es más problemático meternos a analizar esa relación y especular sobre la base biológica de las ideas. Pero da la sensación de que la biología produce unas ideas igual que el fuego produce humo. La distinción que hacemos entre lo cognitivo y lo emocional es probablemente errónea. Las emociones, como ya hemos tratado, son mecanismos programados por la evolución que nos ayudan a responder ante determinadas situaciones ambientales. Esa respuesta consiste en cambios fisiológicos y conductuales pero también es conveniente y adaptativo (y probablemente irremediable) que el paquete de respuestas incluya ideas, las ideas adecuadas para llevar a cabo la conducta que se requiere. 

En el caso del Síndrome referencial es fácil deducir que estamos, seguramente, ante un mecanismo defensivo universal que se dispara cuando no debe. Es muy probable que todos dispongamos de un sistema diseñado por la evolución para detectar cuándo somos objeto de las miradas de los demás porque ser objeto de esas miradas puede ser el primer paso para luego ser atacados. Está bien que ese mecanismo se dispare cuando caminamos solos por un barrio desconocido, el problema es que ese mecanismo se dispare cuando realmente no hay ningún peligro, como ocurre en los pacientes.

Aparte de este mecanismo de producción de las ideas intuitivo o directo que estoy proponiendo, en otros casos existe un mecanismo más interpretativo o indirecto. Determinados estados biológicos internos, en contacto con determinados estímulos o situaciones ambientales, darán lugar a la aparición de unas determinadas ideas, unas ideas con un fuerte componente endógeno. Es el caso de las ideas de envenenamiento, por ejemplo, en el que es posible que la sensación de extrañeza y de cambio en su estado interno que vive el paciente le lleve a concluir secundariamente que alguien le ha envenenado o le ha echado algo en la bebida. Este sería también el caso del Síndrome de Capgras en el que la persona no recibe el componente emocional de la percepción visual del familiar, al que identifica perfectamente, y esto le lleva a pensar que no es su marido o su esposa y que alguien les está suplantando.

Y quería terminar con una pregunta que se suelen hacer los propios pacientes una vez que se han recuperado de su enfermedad. Mucho de ellos miran atrás y se preguntan: “¿Cómo pude llegar a pensar eso?”. La respuesta, por ahora, es que no lo sabemos.

@pitiklinov








jueves, 5 de febrero de 2015

Ceguera y Esquizofrenia

No existen personas ciegas de nacimiento, o que se quedaran ciegas a una edad temprana, que padezcan esquizofrenia. Esto ha llevado a formular la hipótesis de que la ceguera protege del riesgo de sufrir una esquizofrenia. Si esto es verdad nos encontramos ante un hecho muy importante para la investigación del origen de la esquizofrenia, como es la existencia de un colectivo que es inmune al trastorno, y estudiar este grupo debería ser una prioridad. Vamos a revisar la información sobre este tema.

Desde hace más de 60 años, se ha postulado que la ceguera congénita o muy temprana protege del desarrollo de esquizofrenia. Según Silverstein y cols., no existe un único caso de ceguera congénita y esquizofrenia. Algún caso que se había descrito en la literatura se ha visto al revisarlo con atención que cumplía más los criterios de autismo que de esquizofrenia. Porque hay que señalar que la ceguera congénita protegería exclusivamente de esquizofrenia y no de otras enfermedades mentales. Se ha observado autismo, depresión e incluso anorexia nerviosa en ciegos (lo cual sugiere que la imagen corporal es una construcción mental y no depende de la percepción sensorial). Se ha descrito hasta aracnofobia en una persona ciega, lo que también demuestra que las claves visuales no son necesarias para el desarrollo de una fobia.

También se ha comprobado que otros déficits sensoriales, como la sordera, no protegen de la esquizofrenia. Y lo que es más raro: la existencia conjunta de ceguera y sordera no protege de la esquizofrenia. Las personas con ceguera y sordera congénita tienen más riesgo de psicosis y de retraso mental. Existe una enfermedad, el síndrome de Usher, donde los sujetos presentan sordera de nacimiento y luego se van quedando ciegos en la infancia por una retinitis pigmentaría, y en estos casos sí se ha observado síntomas psicóticos y esquizofrenia. La razón por la que añadir sordera a la ceguera hace desaparecer el hipotético efecto protector de la ceguera no se conoce.

Pero todavía nos falta añadir un matiz a esta asociación entre ceguera y esquizofrenia. Según un estudio reciente de Evelina Levada y Cedric Boeckx, de la Universidad de Barcelona, la ceguera que protege de esquizofrenia es la ceguera de origen cortical cerebral, no la ceguera de origen periférico (en el globo ocular). Estos autores presentan en su artículo algunos casos de asociación de ceguera y esquizofrenia pero todos ellos son cegueras de origen periférico. Así que se mantiene actualmente la afirmación de que no existe un solo caso de ceguera congénita cortical asociado a esquizofrenia. Pero claro, ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Puede que esos casos aparezcan en el futuro. Aún así, dada la prevalencia de ambas enfermedades es muy raro que esos casos no se hayan descrito ya.

¿Cuál sería la razón de esta protección de la ceguera para padecer esquizofrenia? Evidentemente, no se sabe pero Silverstein y cols. recogen en su artículo una serie de datos para explicarlo. La primera consideración a tener en cuenta es que ellos contemplan la esquizofrenia como un trastorno cognitivo que implica trastornos en percepción, atención, memoria, aprendizaje, lenguaje, planificación, etc. Esto es importante porque con este enfoque la esquizofrenia estaría en la misma liga que el Parkinson, la demencia por cuerpos de Lewy, etc., donde los síntomas psicóticos aparecen también pero no son lo esencial del trastorno. De la esquizofrenia solemos decir que es una psicosis pero sería más preciso decir que es una enfermedad cerebral que en algunos momentos de su evolución cursa con psicosis. Y tampoco es un trastorno principalmente de las emociones, como la depresión, o el Trastorno Bipolar, de los que no podría proteger la ceguera.

No voy a comentar todos los mecanismo protectores que señalan Silverstein y cols. pero básicamente se trataría de que la ceguera obliga a una reconexión diferente entre los diversos centros cerebrales (la corteza occipital se recluta para otra modalidades sensoriales como el oído y el tacto, y estas modalidades sensoriales están muy reforzadas en ciegos) y la densidad de ciertas estructuras varía en el caso de la ceguera. Los ciegos también exploran el mundo fundamentalmente con el tacto y esa exploración ocurre de un objeto a otro sucesivamente sin que sea posible la dispersión de la atención, ni el bombardeo de estímulos exteriores que ocurre en la esquizofrenia debido a la ausencia de unos filtros perceptivos adecuados. También se ha visto que los problemas visuales son un factor de riesgo para la esquizofrenia (por ejemplo, hay más estrabismo en sujetos con esquizofrenia) y carecer por completo de visión elimina esos factores de riesgo.

En resumen, la neuroplasticidad que resulta de la ceguera produce unos cambios en el cerebro que son justo lo contrario de lo que ocurre en la esquizofrenia y esto podría ser el factor protector. En cualquier caso, la asociación (o más bien falta de asociación) entre ceguera y esquizofrenia es un campo que debería ser estudiado con más profundidad por los beneficios potenciales para la prevención y tratamiento de un enfermedad tan importante como la esquizofrenia.

@pitiklinov

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jueves, 29 de enero de 2015

Las depresiones que no vuelven

Jonathan Rottenberg es un psicólogo profesor de la universidad de South Florida, donde dirige el  Mood and Emotion Laboratory, que, como él dice, ha estado en los dos lados de la depresión: el de profesional que trata de ayudar a las personas que la padecen y en el de persona afectada de depresión. Rottenberg ha escrito un libro, The Depths, donde habla de los orígenes evolutivos de la depresión y aborda el problema de la epidemia de depresión que estamos padeciendo y que, según las previsiones de la OMS hará que en 2030 la depresión sea la primera causa de discapacidad en el mundo. En esta entrada quería comentar uno de los aspectos que trata en su libro porque es un tema poco conocido y estudiado, el de las depresiones que no recidivan, que no vuelven: existen personas que tienen una única depresión en su vida, las llamadas depresiones de episodio único (SLED: single lifetime episode of depression)

Rottenberg padeció un cuadro depresivo muy grave, y refractario al tratamiento, que duró unos 4 años. Llegó a estar ingresado durante un mes (acaba de publicar en Twitter su consentimiento informado al ingreso hospitalario) y en todos esos años no respondió a diversos antidepresivos y psicoterapias. Además, tiene antecedentes de depresión en la familia. Pero, a pesar de ello, han pasado 20 años y Rottenberg no ha vuelto a sufrir ningún otro episodio depresivo. El mismo Rottenberg, por tanto, es un caso de SLED, de depresión de episodio único (por ahora)

La visión actual en Psiquiatría es que la depresión es una enfermedad crónica y recurrente, donde te recuperas de un episodio pero no te recuperas de la enfermedad. Según las estimaciones actuales, el 60% de las personas que sufren una primera depresión mayor sufrirán un segundo episodio, el 70% de los que sufren un segundo episodio sufrirán un tercero y el 90% de los que sufren un tercer episodio tendrán posteriores recaídas. Cada nueva recaída conlleva un riesgo del 10-20% de convertirse en crónica e irreversible. Sin embargo, esta visión pesimista se olvida de una cosa muy importante, de que el 40% de las personas que sufren una depresión no vuelven a sufrir una segunda.

Estudios recientes bastante fiables encuentran que de un 40 a un 60% de las personas que sufren depresión no vuelven a tener un nuevo episodio. No hay estudios durante toda la vida, por lo que estas cifras son todavía discutibles pero el estudio de Eaton y cols llega a seguimiento de 23 años y hay otro estudio con resultados parecidos, que es un estudio de cohorte de larga duración, el Lundby Study (1947-1997). Si estos datos son ciertos, nos encontramos ante un replanteamiento de nuestras ideas acerca de la depresión. Por un lado, nos podemos plantear si existen en realidad dos tipos de depresiones: una aguda y otra crónica recidivante. Y nos encontramos también con que los casos de SLED no han sido prácticamente estudiados con lo que nos perdemos la oportunidad de aclarar qué factores de riesgo predisponen a la recidiva o qué factores pueden proteger de volver a padecer una depresión. También es muy probable que muchos casos de SLED no sean identificados por la persona que los sufre como una depresión y no acudan a consulta con psiquiatra, o incluso ni siquiera con su médico de cabecera.

También plantea este enfoque que podemos cuestionarnos si diferentes episodios de depresión a lo largo de la vida son en realidad la misma enfermedad o son enfermedades diferentes. Imaginemos que una persona se deprime con 20 años tras una ruptura amorosa y sufre ánimo bajo, agitación psicomotora, desesperanza, y sentimientos de inutilidad. Supongamos ahora que la misma persona a los 78 sufre otra depresión sin un desencadenante pero con trastornos cognitivos, retraso psicomotor, sentimientos de culpa e hiperdensidades en el TAC cerebral. Igual no es la misma enfermedad sino dos cuadros de depresión por etiologías diferentes.

Se trata de un campo nuevo de estudio que abre muchos interrogantes. ¿Cómo es posible que personas con una probada vulnerabilidad a la depresión no sufran recidivas? ¿Es sólo la buena suerte de no sufrir factores desencadenantes de suficiente intensidad? ¿Se hacen estas personas más fuertes y resistentes a la depresión tras un episodio? ¿Serían estas personas menos vulnerables a la depresión que alguien que no la ha padecido nunca?

El caso es que para mucha gente parece que la depresión es una condición aguda y limitada y que estas depresiones que no vuelven abren una vía de optimismo para las personas que padecen depresión y para los profesionales que las tratan e investigan.

Rottenberg tiene cuenta en Twitter: @JonRottenberg, donde se dedica a combatir el estigma de la depresión.

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sábado, 24 de enero de 2015

Cerebro Moral y Responsabilidad

En esta entrada voy  a defender que existe una red “neuromoral” en el cerebro, es decir, un “órgano” o hardware dedicado a la moralidad. Esta red, siguiendo la ley de Murphy, puede averiarse y dar lugar a unas respuestas emocionales atenuadas ante la posibilidad de hacer daño a los demás y realizar conductas psicopáticas. La conclusión más evidente de estos hechos es que no se puede juzgar en el mismo plano la conducta de alguien que tiene su cerebro moral intacto con la de alguien que tiene su cerebro moral averiado.

La moralidad es innata en el ser humano pero no voy a ocuparme de esto aquí. Remito al lector a la obra de Frans de Waal,  y en particular a su libro Primates y Filósofos: La evolución de la moral del simio al hombre, para ver que los ladrillos de la moralidad están ya presentes en nuestros primos, los simios. Remito asímismo a la obra de Paul Bloom, Just babies. The origin of good and evil,  para ver cómo aparece la moralidad, las conductas prosociales y el altruismo en niños pequeños antes de tener lenguaje verbal y haber sido socializados. Entonces, si existe un “sentido moral”, debería haber unos mecanismos cerebrales para la moralidad y deberían existir pacientes con trastornos cerebrales que tuvieran una moralidad dañada.  Y es en esto en lo que me voy a centrar en este post, en las pruebas de que esa moralidad innata tiene un asiento en el cerebro y para ello me voy a referir a ciertos cuadros clínicos y a estudios de Resonancia Magnética funcional en sujetos normales, en psicópatas, en psicopatías adquiridas por lesiones cerebrales, y en la demencia frontotemporal. La evidencia neurobiológica apunta a una zona, la corteza prefrontal ventromedial,(CPFVM) especialmente en el lado derecho y a algunas otras áreas relacionadas con ella.

Estudios en sujetos normales

Los investigadores han realizado Resonancia Magnética funcional (RMf) en personas  normales mientras se enfrentaban a una serie de dilemas morales. Las principales áreas implicadas en estas tareas han sido la corteza prefrontal ventromedial (CPFVM) y el adyacente córtex orbitofrontal y ventrolateral (COF/VL), la amígdala y el córtex prefrontal dorsolateral (CPFDL). El CPFVM añade valor emocional y moral a los eventos sociales, anticipa sus resultados futuros y participa en la Teoría de la Mente (ToM), la empatía, la atribución de intención y tareas relacionadas. La COF/VL media las respuestas sociales asertivas e inhibe respuestas impulsivas, automáticas o amigdalares. La amígdala media la respuesta a las amenazas y el aprendizaje aversivo social y moral . La CPFDL aplica análisis racional a las situaciones morales. Hay otras regiones que también se activan pero las vamos a omitir para no complicar demasiado lo esencial (ver primer artículo de referncias).

Simplificando, la región esencial de este sistema neuromoral sería el cortex prefrontal ventromedial (CPFVM). En los estudios de Greene con los famosos dilemas de los tranvías esta zona se activa en los “dilemas personales”, es decir, en el malestar que se siente ante la idea de de ser el agente directo que provoca un daño, como en el caso de tirar a una persona desde el puente para que bloquee al tranvía. La CPFVM participa en emociones prosociales, afirmativas y de vínculo social. También participa en la culpa junto con la corteza orbitofrontal derecha. La CPFDL se activa, por contra, en los dilemas impersonales, en los que nosotros no somos la causa directa del daño.

En experimentos de “castigo altruista”, el deseo de castigar a los que violan las normas morales, también se activa la CPFVM. Por otro lado, la Teoría de la Mente (ToM) y la empatía son dos procesos muy relacionados con la moral. La ToM implica a la CPFVM que facilita la apreciación de que los demás tienen pensamientos sentimientos y creencias. Los aspectos cognitivos de la empatía, como tomar la perspectiva de otra persona e identificarse con ella, también implican la CPFVM.

Estudios en Psicópatas

Los psicópatas tienen alteraciones en medidas psicofisiológicas como por ejemplo mínima alteración de la frecuencia cardíaca, de la conductividad de la piel o de la respiración cuando se les ponen imágenes de miedo, estresantes o desagradables.  Y tienen también una respuesta autonómica disminuida ante el malestar de los demás así como un reconocimiento disminuido de expresiones de miedo y tristeza. 

Las personas que cometen delitos violentos tienen alta incidencia de alteraciones neurológicas. En un estudio casi 2/3 de ellos tenían diagnósticos neurológicos como  traumatismo craneoencefálico, retraso mental, parálisis cerebral, epilepsia, demencia y otros. Como vimos al hablar de los estudios de Kiehl, los psicópatas no aprenden del castigo y no inhiben sus conductas de riesgo. Como ha demostrado Kiehl y otros, existe una reducción de la sustancia gris  en toda una serie de estructuras frontales y en lo que él llama la región paralímbica que implica todas las estructuras que hemos mencionado hasta ahora. Además, existe una relación entre esta reducción de sustancia gris y el grado de psicopatía: a menos volumen de cortex prefrontal mayor tendencia a conductas psicopáticas.

Por otro lado, los psicópatas tienen una función reducida de la amígdala, lo que hace que no tengan miedo porque esta estructura está implicada en el condicionamiento aversivo y del miedo. Estudios en animales muestran que la disfunción temprana de la amígdala da lugar a disfunciones en la CPFVM y en la COF/VL. Esto puede hacer que los psicópatas no sientan aversión ante el daño a los demás y el sufrimiento de la víctima.

Estudios en Psicopatía adquirida

Así como los psicópatas “normales” vienen de fábrica con sus alteraciones existen casos de lesiones cerebrales que provocan conductas similares a las de los psicópatas. Hemos de mencionar aquí a Phineas Gage, que sufría lesiones en la CPFVM (y otras zonas) pero también hay muchos ejemplos de pacientes que han sufrido traumas, tumores, infecciones o roturas de aneurismas en CPFVM y COF/VL. La conducta de estos individuos es desinhibida, irresponsable, incapaces de controlar su conducta social, insensibles a los patrones normales de lo correcto y más proclives a la violación de los valores. Muchos de ellos jugaban, se gastan el dinero sin control, son incapaces de mantener su trabajo y muchas veces acaban divorciados por su comportamiento anómalo. Estos individuos muchas no pueden contener la agresión y tienen conductas violentas y algunos de ellos no tienen tampoco ningún tipo de remordimiento o culpa. Comparados con sujetos normales, juzgan tranquilamente que violaciones morales son aceptables.

Quiero enfatizar una característica que considero muy importante, porque es un error que se comete con frecuencia al juzgar a estos pacientes y a los psicópatas de neurodesarrollo (los normales). Los sujetos con lesiones de la CPFVM mantienen el conocimiento y el razonamiento moral. Es decir, saben diferenciar las normas y verbalizar qué es lo que está bien y lo que está mal…pero no son capaces de actuar en base a este conocimiento. Es decir, estos pacientes no son capaces de actuar en base a su conocimiento moral, por los déficits en los sentimientos afiliativos, motivacionales, por no poder anticipar las futuras consecuencias, etc. Una explicación parcial de este rasgo es que el conocimiento moral se almacena también en otras regiones fuera de la CPFVM, particularmente en el lóbulo temporal anterior derecho.

Antonio Damasio ha estudiado este tipo de pacientes y la conclusión clara es que presentan alteraciones en la conducta moral y social. De hecho, Damasio se encontraba con el problema de que las compañías de seguros no cubrían la enfermedad de los pacientes porque en aquella época se realizaban sólo pruebas de inteligencia, cuyo resultado es normal en estos pacientes. De ello, las compañías deducían que no había ningún daño y que la anómala conducta de los pacientes no se debía a enfermedad. Por lo tanto, hay que saber separar incompetencia mental o intelectual de incompetencia moral, no son lo mismo. Insisto: “saber” lo que esta bien o mal no implica “poder” hacer el bien y el mal.


Es muy interesante el caso de pacientes que sufren estas lesiones en el polo frontal en la infancia. El propio grupo de Damasio publicó un artículo con el caso de dos adultos que sufrieron las lesiones  con anterioridad a los 16 meses de edad. Estas persona mostraban una conducta gravemente alterada pero con una cognición normal. Eran insensibles a las futuras consecuencias de sus decisiones, y su razonamiento moral y social estaba dañado. Esto demuestra que un daño prefrontal temprano da lugar a una clínica psicopática, porque probablemente altera el proceso de adquisición de las normas morales.

Estudios en Demencia Frontotemporal

La característica principal de los sujetos con demencia frontotemporal es la transgresión de las normas incluyendo conductas psicopáticas, pérdida de empatía y de apreciación de los sentimientos de los demás, pérdida de la capacidad  de insight de las consecuencias de su conducta. Conductas sociopáticas ocurren en más de la mitad de los pacientes: robos, shoplifting, conducta sexual inapropiada, agresiones físicas y actos de violencia. Recientemente he visto un caso personalmente y se caracterizaba por conductas sexuales inapropiadas, masturbación en público, peleas con vecinos, falta de empatía, pérdida del control de impulsos y ninguna preocupación por las consecuencias de sus actos.

Conclusiones

La evidencia de todos los tipos de estudios mencionados sugiere que existe una red neuromoral en el cerebro que promueve la cohesión social y la cooperación. Esta red comprende principalmente la CPFVM , la COF/VL , la amígdala y otras estructuras relacionadas. Cuando algún paciente se presente por primera vez con un cambio de conducta de tipo moral y social hay que considerar la posibilidad de una lesión cerebral. Pacientes con lesiones en CPFVM y estructuras relacionadas han cometido delitos y han sido encarcelados.

¿Dónde nos deja esto? Pues en que no es lo mismo una persona con el sistema moral prefrontal intacto y una que no lo tiene; las personas con lesiones en la red neuromoral tienen la brújula moral rota. Vuelvo a insistir en que debido a su incapacidad para controlar sus impulsos y demás déficits morales no es un buen argumento decir que saben diferenciar el bien del mal y que son, por tanto, responsables de sus actos. Insisto en no igualar incompetencia moral con incompetencia mental o intelectual. Para ser considerado responsable la persona tiene que tener la capacidad de poder actuar de otra manera. Cuando el cerebro moral está lesionado, actuar de modo alterantivo no es posible.

Esto nos lleva a la conclusión de que la manera en que enfocamos en la mayoría de las sociedades occidentales (donde hemos sobreestimado la importancia de lo racional) la valoración de las cuestiones de responsabilidad y el funcionamiento del sistema legal a este nivel no es compatible con los hallazgos de la neurociencia. Tarde o temprano tendrá que cambiar. La mayoría de psiquiatras (el propio Robert Hare incluido) sigue pensando que la psicopatía no mitiga la responsabilidad penal. Esto ya no se puede sostener a la vista de las pruebas existentes: los psicópatas tienen alteraciones en funciones que afectan su responsabilidad (ver en especial el artículo de Cordelia Fine y Jeanette Kennet de las referencias).

Hablar de las posibles alternativas al sistema actual alargaría esta entrada más de lo que ya lo es, pero sí quiero decir una última cosa. Que no sean responsables no quiere decir que necesariamente haya que dejar en libertad a los psicópatas o no se les pueda castigar. Las visiones teóricas del castigo legal se agrupan principalmente en dos tipos de teorías: las retributivas y las utilitaristas. La visión retributiva mira al pasado y se centra en el agente del acto y en su relación con ese acto. Para castigar desde el punto de vista retributivo el criminal tiene que merecerlo y de ahí atribuirle libertad y posibilidad de actuar de otra manera. Pero la visión utilitarista mira al futuro y a las consecuencias para la sociedad y los individuos del castigo y no precisa de que el castigo sea merecido. Desde una óptica utilitarista se puede castigar a un psicópata por el peligro que supone para la sociedad. Un abordaje basado en la defensa propia, por ejemplo, nos provee de un buen argumento teórico para castigar. Lo que no podemos es basar ya las decisiones legales en lo que las estamos basando actualmente, en que los psicópatas son libres para actuar de otro modo.

@pitiklinov

Referencias







domingo, 18 de enero de 2015

Envidia, Desprecio y Estatus

En esta entrada voy a comentar el libro de Susan Fiske Envy up, Scorn Down. How status divide us. Lo primero que tengo que decir es que no es un buen libro, no está bien escrito, es muy difícil de leer y no está bien organizado. Si eres psicólogo, sociólogo o economista y te interesa el estatus y las emociones que se relacionan con él, como la envidia o el desprecio, probablemente te será beneficioso leerlo, pero si eres una persona inquieta interesada en el tema, no es un buen libro de divulgación. Pero, a pesar de ello, aporta mucha información y estudios y voy a intentar extraer alguna enseñanza. (El esquema teórico que maneja Fiske es el que describí en el post anterior sobre las dos dimensiones básicas calidez y competencia)

Los seres humanos nos estamos comparando continuamente, somos unas máquinas de compararnos. Pero no sólo nosotros, los perros y los chimpancés lo hacen también; hasta los pollos tienen un orden de picoteo. Estas comparaciones nos dividen y nos generan malestar y a veces agresividad y conflictos. A los que tienen más o están más arriba en la jerarquía les envidiamos, y a los que tienen menos les despreciamos o sentimos incluso asco. Es muy difícil que los grupos y organizaciones funcionen sin una jerarquía. Incluso en las compañías más igualitarias los investigadores han encontrado jerarquías. El libro trata de todos los tipos de comparaciones y al final intenta dar algún consejo para superar este rasgo de nuestro diseño biológico.

Primero algunas cifras que reflejan que vivimos en una sociedad desigual. Los datos son de USA pero probablemente son aplicables a otros países, aunque hay que tener en cuenta que USA es el país con mayor desigualdad económica entre todos los países desarrollados. Por ejemplo, los ingresos de los CEOs en los últimos 40 años han pasado de ser 24 veces el sueldo de un trabajador medio a ser 185 veces ese sueldo medio. La riqueza del 1% más rico de USA ha aumentado un 120% en los últimos 30 años y la de la clase baja un 4%. En 2008 el 5% más rico de la población se llevó el 50% de los ingresos mientras  que el 5% más pobres se llevó el 3%. También parece verdad que a nivel global la desigualdad ha disminuido en el mundo. En USA este problema lleva la connotación de que debido a la ética protestante del trabajo la gente cree que tenemos lo que nos merecemos, que si trabajas duro triunfas así que si eres pobre es tu culpa. A los pobres se les ve como incompetentes y se les culpa de su suerte por ser vagos, inmorales y estúpidos. (ver entrada anterior y el lugar que se daba a los pobres en esa dimensión de competencia).

La envidia y el desprecio son emociones que nadie quiere tener, que no nos gusta reconocer, porque nos dejan mal y dan una mala imagen de nosotros mismos. La envidia revela nuestras carencias y el desprecio nuestra catadura moral. Fiske , al igual que otros, habla de dos clases de envidia: la benigna y la maligna. Envidia benigna sería: “Me gustaría tener lo que tú tienes”. En algunos idiomas como holandés, polaco o tailandés, existe una palabra para este tipo de envidia que denota emulación, inspiración y motivación para mejorar. La envidia maligna sería: “Me gustaría que no tuvieras lo que tienes”. Evidentemente son las dos soluciones para igualar una diferencia  cualquiera: o yo subo a tu nivel o te bajo a ti al mío. Luego está la emoción de la schadenfreude que es la alegría por la desgracia ajena y que ocurre cuando a alguien que envidiamos le salen las cosas mal.

El desprecio es más difícil de reconocer. es algo comprobado eu las personas de más estatus reciben mucha más atención que las de bajo. Va en el interés de los subordinados controlar lo que hacen los dominantes por lo que les pueda pasar. Sin embargo los dominantes no necesitan preocuparse de controlar  a los débiles. De hecho, el silencio es la expresión más perfecta de desprecio, como decía George Bernard Shaw. El desprecio es la ausencia de respeto, la falta de atención y la incapacidad de considerar al otro. Normalmente, somos menos conscientes cuando no hacemos caso o ignoramos a los que están por debajo de nosotros y nos duele mucho más la envidia que es más evidente para nosotros. Como los psicólogos son también personas, a ellos les ha interesado más la envidia y el desprecio es, por tanto, una emoción mucho menos estudiada.

Susan Fiske ha estudiado la imagen cerebral de la envidia y el desprecio. Un hallazgo impresionante es el siguiente. Hay una parte de nuestro cerebro que se activa cuando encontramos otra gente, especialmente cuando pensamos en sus sentimientos y pensamientos. Es la corteza prefrontal medial. La corteza prefrontal medial se enciende cuando encontramos a otra gente. Sin embargo, los grupos sociales que producen desprecio y asco (homeless, drogadictos, etc.) no hacen que se nos encienda la corteza prefrontal medial. Es como si no les atribuyéramos una mente y no esperáramos interactuar con ellos; como si los hubiéramos deshumanizado y les negáramos los atributos típicamente humanos.

En sus estudios sobre la neuroenvidia, Fiske ha observado que lo primero que tenemos que notar es la discrepancia entre ellos y nosotros y que ellos son mejores. Luego tenemos que prestarles atención si queremos controlar nuestro propio destino. Pues bien, el detector cerebral de la discrepancia es la corteza cingulada anterior (CCA) y los estudios neurológicos de la envidia detectan activación de la corteza cinglada anterior. Como ya he señalado cuando pensamos en otras personas se activa la corteza prefrontal medial,por ejemplo cuando mujeres observan modelos de buen tipo lo que las pone ansiosas. Estudiantes que observan modelos en los que ellos querrían convertirse (gente de negocios, gente rica) también muestran activación de la corteza prefrontal medial (como ya he dicho no se activa ante gente que despreciamos). 

En cuanto a la firma neurológica del desprecio lo que vemos es una activación de la ínsula, que es una estructura que tiene mucho que ver con el asco. Reaccionamos antes los marginados como si estuvieran contaminados, tanto moral como físicamente. Y en la shadenfreude lo que vemos es una activación del estriado central que es parte del circuito de recompensa. Es decir, la desgracia de una persona envidiada activa nuestro circuito del placer.

La envidia y el desprecio dan lugar a problemas de salud y a conflictos sociales. Los poderosos o envidiados son vistos como fríos (por eso Bill Gates y otros hacen fundaciones humanitarias para añadir un poco de calidez a su alto grado de competencia) y la gente siente animadversión y resentimiento contra ellos. Se les ve como que han sacrificado una parte de su humanidad para triunfar y que son un poco autómatas o androides. También se suele pensar que están conspirando y en general esa envidia contra los privilegiados despierta deseos de hacerles daño.

La envidia es mala para la salud, nos corroe, como se dice. Lo que no soportamos no es estar mal, es estar peor que otros. Nos hace sentir inferiores y nos da un síndrome de bajo estatus que tiene un coste en nuestra salud. Sapolsky ha estudiado la salud en mandriles y ha observado que es peor en los sujetos de menos estatus. Sentir hostilidad es un factor de riesgo para enfermedad cardiovascular. Las desventajas del desprecio a todos niveles son evidentes. Pero a pesar de estos inconvenientes la envidia y el desprecio son ubicuos en nuestra vida.

¿Por qué nos comparamos? Pues por varias razones: para saber quiénes somos y dónde estamos, para proteger nuestra autoestima y para identificarnos con nuestro grupo, con nuestros iguales. Como decía, todos los seres vivos tienen jerarquías y es esencial saber donde está cada uno para que no te caiga un chorreo por no colocarte en tu lugar. La comparación nos aporta información acerca de nosotros mismos y eso nos puede ayudar a mejorar. Se puede decir que la necesidad de compararnos tiene que ver con la necesidad de conocer y de controlar. También necesitamos sentirnos bien con nosotros mismos - por lo menos, lo suficiente para salir de la cama por las mañanas- y para ello nada mejor que compararnos con alguien inferior. 

Por otro lado, es muy importante para una criatura social como nosotros ser aceptados por el grupo. Estudio tras estudio demuestra que nuestra autoestima procede de los sentimientos de sentirse incluido o excluido por el grupo. Tenemos una necesidad básica de pertenencia y para ser nosotros mismos tenemos que identificarnos con algunos grupos. Por lo tanto, tengo que compararme con los otros miembros del grupo para ajustarme a su conducta y sus valores.

Una última cosa antes de llegar a las posibilidades de hacer algo para cambiar las cosas. Fiske trata en un pequeño apartado el tema del populismo en relación al estatus y el desprecio. Habla del populismo  como un eje en la tradición política norteamericana, pero os cuento un poco lo que dice. Habla de grupos que expresan el resentimiento del pueblo hacia las élites. El populismo aparece en tiempos de crisis en los que la gente tiene la sensación de que algo va mal, de inseguridad y en los que el pueblo se siente despreciado, excluido. Todos somos iguales pero se percibe a la gente en el poder como diferente. Aparece cuando la gente cree que no tiene el control y reclama el gobierno del pueblo cuando siente que se lo han arrebatado. La gente siente que el juego económico no es justo y que  está controlada por unos lejanos poderosos que no puede identificar muy bien. La frustración puede llevar a la agresión. Cuando la gente siente que tiene sus objetivos en la vida bloqueados, especialmente por razones ilegítimas, nos volvemos enfadados y agresivos. La rabia del pueblo procede de vivir en un mundo en el que sienten que las élites les miran con desprecio. 

Margaret Canovan explica: “ Se nos ha excluido del poder por políticos corruptos  y una élite que no es representativa y traiciona nuestros intereses, ignora nuestras opiniones, y nos trata con desprecio”. Los grupos envidiados mantienen el poder pero no lo usan para el bien común y nos desprecian. Formisano está de acuerdo en que: “los movimientos populistas obtienen energía del resentimiento contra los privilegiados económicos que manipulan el capital, la ley y la política en su propio beneficio. Al nivel más crudo protestan porque muy pocos  tienen demasiado; o muestran resentimiento contra dianas específicas, los ricos, corporaciones, políticos profesionales, élites profesionales o expertos, ingenieros sociales, burócratas, o como dijo un político populista de Kansas:” los aristócratas, plutócratas y todos demás ratas”. En definitiva, desde el siglo XIX son muchos los autores que han relacionado el populismo con el desprecio. Vosotros decidís si tienen razón.


Y llegamos a la parte de la terapia. Si la envidia y el desprecio tienen tantos problemas, ¿qué podemos hacer parra superarlas? Pues Fiske da algunos buenos consejos que me parece son muy difíciles de seguir: que conozcamos mejor a las otras personas (los envidiados y los despreciados); que no presumamos de nuestros logros para no generar envidia: evitar hablar de lo buenos que son nuestros hijos, nuestro coche, nuestra casa de campo, etc.; que evitemos las comparaciones incluso dentro de la pareja o con los amigos; que alabemos los logros y lo bueno de los demás y cooperemos con ellos…En resumen, la clave para vencer  la envidia y el desprecio es hacer que la gente se sienta más segura y valiosa.

@pitiklinov

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