miércoles, 27 de marzo de 2013

Mesmer, el placebo y la imaginación


Si una persona enferma recibe un tratamiento para mejorarle y realmente mejora, ningún poder racional conocido por la ciencia médica le podrá convencer de que podría no haber sido el tratamiento lo que le devolvió la salud
-Peter Medawar

En tiempos de Luis XVI, el médico de origen alemán Franz Anton Mesmer, y el tratamiento que proponía, eran toda una sensación en París. Mesmer curaba a la gente de casi cualquier cosa moviendo las manos a su alrededor para reequilibrar su “magnetismo animal” que, según él, era una energía cósmica que lo conectaba todo. Mesmer había empezado en Viena sus prácticas curativas y en 1778 se trasladó a París. Enseguida “el todo París” se dirigió a su clínica para ser “mesmerizado” (hipnotizado). Algunos de sus más fieles seguidores eran miembros de la corte, entre ellos Maria Antonieta. La demanda de sus servicios era tan grande que tuvo que entrenar a un grupo de “curadores magnéticos” que bien trabajaban por su cuenta o actuaban como asistentes suyos. 

Un visitante  que acudiera a su clínica de París entraría en un oscuro salón decorado con gruesas cortinas de color púrpura y altos espejos diseñados para reflejar  e intensificar la energía invisible. Los sonidos misteriosos de una armónica de vidrio se filtraban desde una habitación contigua. En el medio del salón se encontraba el baquet, una bañera circular de un pie de altura, llena de agua, vidrio en polvo y virutas de hierro. Decenas de pacientes se sentaban alrededor. Los más cercanos a la cubeta se agarraban a una barras de hierro que agujereaban su tapa mientras que los demás se agarraban a ellos bien sujetando una cuerda que pasaba de paciente a paciente o dándose la mano. Cuando todos estaban ya en silencio formando un circuito aparecía Mesmer, vistiendo un largo manto de seda bordada con símbolos celestiales. Se acercaba a los pacientes y les miraba a los ojos. Ocasionalmente, tocaba a alguno con una varita de hierro o ponía sus manos sobre ellos. Hacía gestos de barrido para canalizar el magnetismo según fuera necesario. Mientras Mesmer avanzaba a través de la multitud, los pacientes empezaban a toser, escupir y gritar. De repente, uno de ellos empezaba a convulsionar. Esto era la crisis que presagiaba la cura, y era contagioso. Como describió un testigo, el salón se convertía en un tropel de miembros sacudiéndose, ojos salvajes, lágrimas, hipos y risas incontroladas. Algunos tosían sangre y otros vomitaban, muchos se desvanecían. Los asistentes de Mesmer retiraban  a los que sufrían los síntomas más violentos a otra habitación. Una vez que pasaba la crisis todos se recuperaban y la mayoría decía encontrarse mucho mejor.

La enorme popularidad de estas curas desató la controversia y las denuncias públicas lideradas por los médicos parisinos que estaban todos en contra de Mesmer ( ellos hacían en aquella época cosas más “científicas” como sangrías, purgas, enemas...). Al final, era tan grande el revuelo que Luis XVI pidió una investigación en nombre de la ciencia. Nombró una comisión real que incluía a notables como Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, el astrónomo Jean-Sylvain Bailly, que había calculado la órbita del cometa Halley o el médico que llegaría a ser terroríficamente célebre, Joseph-Ignace Guillotin. Para presidir la comisión el rey eligió al estadista Benjamin Franklin que a la sazón vivía en el pueblo de Passy, en las afueras de París, y era una celebridad en toda Francia.

La investigación del mesmerismo llevó a los primeros estudios con placebo, utilizando procedimientos fingidos para comprobar la eficacia de un tratamiento médico. El informe de la comisión fue además el primer relato del propio fenómeno del placebo. El resultado fue una condena de Mesmer y el magnetismo. Los investigadores del rey trazaron una raya entre el mundo real y el febril mundo de la imaginación que amenazaba al primero como una pestilencia. Dos siglos después esta línea apenas ha empezado a disolverse.

Mesmer pensaba que el magnetismo animal era una ciencia, con principios y consecuencias, una doctrina. Basaba su teoría en uno de los más grandes descubrimientos de la época, el magnetismo que rodea la Tierra y la gravedad que la mantiene en órbita alrededor del sol. Estas fuerzas afectaban a todo y gobernaban el cosmos, incluidos nuestros órganos y tejidos vitales. Tras haber estudiado teología, Mesmer cambió a medicina en la Universidad de Viena donde escribió una disertación sobre La Influencia de los Planetas en la Cura de las Enfermedades. Nuestros cuerpos tienen polos magnéticos, como la Tierra, escribía Mesmer, y al estar compuestos de agua sufren mareas igual que los océanos. Nuestra salud física es sensible a la rotación de las estrellas y a la influencia de las órbitas planetarias porque estos fenómenos celestiales están gobernados por la misma gravitación universal por la que nuestros cuerpos están armonizados como un instrumento musical de varias cuerdas. 

A pesar de que Mesmer citaba a Galileo, Kepler y Newton, sus influencias principales fueron dos curas católicos. Uno fue Maximilian Hell, un jesuita astrónomo de la Universidad de Viena que curaba dolores estomacales tocando las tripas con imanes. Mesmer se hizo amigo del jesuita y enseguida empezó a probar los imanes en sus pacientes con buenos resultados. Lógicamente, Mesmer se atribuyó la idea publicando una “Carta sobre el Tratameinto Magnético” y se consideraba a sí mismo una especie de Rey Midas magnético capaz de captar la energía del papel, la lana, la seda, el cuero, el vidrio, el agua, varios metales, la madera, los hombres y los perros, abreviando: “todo lo que toco”. Ni las creencias, ni las expectativas, ni los pensamientos tenían nada que ver con la curación magnética, y mucho menos la intervención divina, para Mesmer todo era pura ciencia. El otro cura fue Johann Gassner que por la misma época curaba muchas enfermedades también, causadas por posesión demónica, por Austria y el sur de Alemania. Cuando el príncipe José de Baviera puso en marcha una investigación sobre Gassner pidió ayuda a Mesmer. La conclusión de Mesmer fue que Gassner estaba en realidad curando por medio del magnetismo aunque él lo estaba malinterpretando y atribuía las curaciones a Dios.

Al poco de instalarse en Paris su negoció era un boom, de una cubeta pasó a cuatro y hasta magnetizó un árbol cercano a su casa para que lo pudieran usar los pobres que no podían asistir a sus sesiones. Tenía más clientes de los que podía atender pero le faltaba el reconocimiento de los que más le interesaban: los médicos y los científicos. Lo intentó con la Academia de las Ciencias, la Real Academia de Medicina y ,finalmente, con la Facultad de Medicina de París, pero nadie le hizo caso. Hubo una excepción, un médico llamado Charles D´Eslon, que apoyó públicamente el magnetismo y fue por ello condenado al ostracismo por sus colegas.

En 1784, a sus 78 años, Franklin llevaba ya 8 años como invitado permanente de Jacques-Donatien le Ray de Chaumont, un rico mercader y, como decía, era una auténtica celebridad en toda Francia e iban a visitarle ministros, cortesanos, científicos e inventores. Mesmer se negó a cooperar en la investigación pero Charles D´Eslon aceptó y un montón de enfermos empezaron a desfilar por Passy. D´Eslon utilizaba las mismas técnicas que Mesmer y sus pacientes se curaban con el mismo éxito y fervor que los de Mesmer así que la comisión consideró que D´Eslon era un buen sustituto para la investigación. Por su parte, D´Eslon estaba deseando demostrar la eficacia del mesmerismo e invitó a los investigadores a presenciar su sesiones de tratamiento. Pero los investigadores estaban interesados en saber si el magnetismo era el responsable de las curas, no les interesaba los efectos de la curación magnética, es decir, si los pacientes se curaban, lo cual es a mi modo de ver un palnteamiento muy inteligente y científico. Muchos pacientes se beneficiaban del tratamiento pero el meollo del asunto era saber si era por el magnetismo verdaderamente. Suponiendo que el magnetismo quedara descartado, a la comisión tampoco les interesaba saber qué era lo que de verdad curaba a los enfermos (y esto ya no me parece tan científico, aunque en su época era algo que difícilmente estaba a su alcance). 

Pero lo interesante es la metodología empleada por Franklin y la comisión: experimentos con placebo. Los pacientes los elegía D´Eslon pero luego se les vendaba los ojos (todavía no se habían inventado los estudios doble ciego) y se les aplicaba una serie de trucos. Por ejemplo, se les preguntaba hacia dónde, hacia qué parte de su cuerpo estaba dirigiendo su energía el sanador. Consiguieorn provocar convulsiones en un paciente haciéndose pasar por D´Eslon uno de los investigadores y en otro dándole agua que había sido falsamente magnetizada. A otro joven le dijeron que le iban a traer unos árboles magnetizados ( y le trajeron unas ramas normales sin magnetizar) y el joven se desvaneció igual. “La experiencia es claramente concluyente”, escribieron en su informe. La curación magnética era causada por las expectativas, no por el flujo de energía universal. 

Pero lo que a mí me parece muy interesante de esta historia es que en cierto momento de la investigación D´Eslon llamó aparte a Franklin y reconoció que la imaginación podía jugar un papel en la curación. A pesar de ello, argumentó, “la imaginación dirigida de esa manera para aliviar el sufrimiento humano sería una herramienta muy valiosa en manos de la profesión médica”. D´Eslon había utilizado un argumento similar unos años antes en una carta dirigida a sus compañeros médicos, “aunque el señor Mesmer no tuviera otro secreto que ser capaz de conseguir que la imaginación actúe eficazmente para producir salud, ¿no dispondría de una cosa maravillosa?” Sus contemporáneos respondieron con un sonoro no, que todavía hoy retumba.


Mesmer cayó en desgracia a partir de entonces y pasó el resto de sus días en una relativa oscuridad, pero el argumento de D´Eslon creo que sigue teniendo validez. El efecto placebo es una herramienta curativa poderosa, diseñada por la evolución, una herencia que hemos recibido de nuestro pasado ancestral. ¿Y no estaremos desperdiciando una cosa maravillosa?

@pitiklinov en Twitter

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11 comentarios:

  1. ¡Impresionante la coreografía que se montaba el Mesmer!

    No creo que se esté desperdiciando algo tan maravilloso. En múltiples ámbitos se utiliza la hipnosis con excelentes resultados. Basta con cambiar magnetismo o placebo por sugestión y ...

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    1. yo estaba pensando en la Medicina "oficial" en donde tiene mala prensa: es un engaño, no es ético...y solo se usa para compararlo con medicamentos "activos"(bueno, muchos médicos dicen haberlo usado a escondidas...).
      En depresiones, por ejemplo, un 40 % responden a placebo, y a coste cero...eso no es un chollo?¿No habría una manera de integrar el placebo en la medicina oficial y aprovechar así una cosa tan maravillosa y tan...natural!

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  2. Opino lo mismo. Ya que es un fenómeno reconocido ¿por qué no se investiga más y se ahorra en fármacos -donde se pueda-?

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  3. Lo malo del placebo es que funciona mejor cuanto más caro es (se hace creer al paciente que es muy caro).

    O le devuelves al paciente el dinero después de acabar el tratamiento o le dices que lo paga el estado. Está complicado lo del ahorro...

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    1. ja, ja, como los médicos empezemos a usar túnicas de seda bordada y demás parafernalias arruinamos a la Seguridad Social :-)

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  4. O quizá habría que dedicar más a investigar la mente terapéutica y menos a la terapéutica química (dos pájaros de un tiro). Ambos son caros pero con una se ahorraría lo de la otra. Quizá ahí esté un problema precisamente.

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    1. Creo que tienes razón, habría que investigar más cómo se cura la mente a sí misma, cómo son los procesos curativos naturales en Psiquiatría y Psicología. Fíjate que en Medicina nos apoyamos continuamente en los procesos curativos naturales. Por ejemplo en una fractura yo inmovilizo pero es un proceso natural de reparación ósea el que hace la curación. Creo que en Psico-Psiquiatria estamos todavía muy lejos de eso.

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  5. A propósito de las fracturas, hará unos 10 años ví un documental en el que explicaban cómo la medicina actual parecía "estar dándose cuenta" (ahora) del gran potencial del organismo para auto-curarse. Según deducciones de unos estudios hechos, la conclusión era que el intervencionismo quizá era una (prepotente) equivocación de la que, asombrosamente, no nos bajamos. Alguien se había molestado en comparar tiempos de curación de heridas en soldados de las Malvinas y de Vietnam, y -curiosamente- los de Vietnam curaban antes porque la tecnología y tb la orografía impedía intervenir más rápidamente, con la consecuencia de que las plaquetas tenían tiempo de actuar. En los otros, las transfusiones "a tiempo" funcionaban con un porcentaje mucho menor de éxito. Es para pensárselo...

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  6. Actualmente hay clínicas que tratan con imanes incluso a larga distancia, en México, Cuernavaca, etc.

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    1. interesante, no lo sabía. Se ve que la energía magnética sigue teniendo "gancho". Gracias.

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    2. El placebo sigue considerándose un engaño como si la verdad curara a alguien

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